LOS RELATOS

El secreto de la señora Higgins
y otros cuentos

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Me llega este libro de Javier A. Vizoso un poco temprano —es de 2012— y tal digo sin retranca alguna, porque es asunto para el futuro, porque se trata de un volumen que requiere una edición que llegue a más gente, que tenga más posibilidades de distribución que las minoritarias (y aún así, a disposición de las mejores librerías) que ofrece esta, igual impresa en Gran Bretaña, de la mano de Amazon.
Pero yendo al centro de la cuestión quiero decir que El secreto e la señora Higgins y otros cuentos es un volumen de relato muy serio, entre Kafka y David Foster-Wallace, con su aquél de Javier Tomeo y Enid Blyton (la de las historias de fantasmas, no a la de los Proscritos, claro), mas unas gotas cortazarianas que nunca vienen mal. Quiero decir que, influencias o concomitancias a parte, yo veo en Vizoso una radical originalidad, un no comprometerse literariamente sino consigo mismo, una búsqueda de caminos que se aparte de lo consabido a base de prestarle atención a la realidad cotidiana, siempre y cuando esta apunte alto, a ese cielo desconcertante que no llega a lo surreal porque queda de este lado si nada es lo que semeja y aún así.
El lector de cuentos tan vizosos (disimulen por la broma) hará bien entrando en el libro por donde le parezca, porque el que titula la colección no es (en su economía expresiva) superior a los demás. Pero “Nosotros que nos salivábamos tanto” es igualmente una cosa excelsa, lleno de humor grotesco pero con ciertos apuntes líricos aunque rayen con la parodia. Y aún hablaría de “El paciente 222”, otro de mis favoritos, donde nunca segundas partes fueron buenas. O de “Plagio”, esos cuerpos que se imitan o fotocopian. Lo cual, que yo recomiendo este libro como lectura no estival sino para todas las estaciones, también las futuras. Por eso digo que llegué pronto al orensano Javier Vizoso. Seguiré leyéndolo, sin duda. (La Revista, Vicente Araguas) 

En El secreto de la señora Higgins y otros cuentos Javier A. Vizoso reúne 16 relatos que abordan diferentes temas desde distintas perspectivas, aunque siempre se percibe un sutil sentido del humor —latente o a veces en primer plano— y un hábil manejo de los recursos característicos de las distancias cortas: la invitación del arranque, la recreación de atmósferas y la sorpresa que reserva la frase final. Si hay un género que goza de una cierta prevalencia, este es el de la ciencia ficción, pero no el de naves espaciales, sino el que parece remitir a una cercana e inquietante distopía futura, como relatan el cuento inaugural, El fosfacito, y otros como El paciente 222 o Mietma. Otros textos, especialmente los más breves, ponen el acento en la atmósfera, y lo hacen a través del cuidado del lenguaje: son los casos de Nosotros que nos salivábamos tanto, en torno al amor, o Las hojas, una reflexión sobre la escritura.
La literatura y el paso del tiempo también están detrás de Treinta y cinco, que saca partido al clásico tema del encuentro entre extraños. El fantasma de la Guerra Civil se aparece en La trinchera del diablo, mientras que las contradicciones que anidan en la vida cotidiana sustentan el relato que da título a la recopilación. (La Voz de Galicia, X. F.) 

Con una voz narrativa que va de lo delirante a lo casi quirúrgico los cuentos nos presentan personajes arrastrados por circunstancias que los vapulean hasta lo irreconocible. Suele haber algún ingrediente sorpresa que nos revela esa sombra que da volumen a todo personaje. (Estíbaliz Espinosa)  

“La trinchera del diablo”, por ejemplo, tiene un arranque de auténtica obra maestra (…) Relatos como “Infantilegios”, “La casa” o “El paciente 222” son buenísimos. Tiene un enorme talento de narrador, no sólo a nivel de estructuración del relato, en ese afán suyo por lograr un gran efecto de intensidad, sino también en el lenguaje, en las metáforas, en la manera en que consigue visualizar su mundo, en el nervio con que traza personajes y atmósferas. Hay sarcasmo, desesperación y lirismo. (PJV)