Javier Vizoso

Cualquiera tiene un nombre, como dice Juan Tallón. Debo ser cualquiera, porque yo también tengo uno. El mío es Javier Vizoso. Antes de Vizoso —a mí me gusta más Vicius…— hay un Álvarez, pero como eso no dice gran cosa pues prescindo de él, porque para poca cosa ya está la rutina de cada día.

Nací en Ourense en 1967. Ourense (Orense para ultras) es una ciudad pequeña, de interior, hùmeda en invierno mientras en verano es algo así como una gran sartén al fuego del infierno. Sin embargo a mí me gusta. Quizá porque no tengo que vivir allí. También porque es parte del territorio mítico de mi infancia: mis padres, que se criaron en dos pequeñas villas de la provincia, me asombraban tras el aseo semanal de los domingos felicitando mi apariencia repeinada con la sentencia “pareces un niño de Orense”… y aquello me parecía que tenía que ser algo muy importante y de una gran responsabilidad.

Tras esas vueltas inesperadas de la vida, empecé mi interminable carrera universitaria en la Facultad de Derecho en Santiago de Compostela.  Todo un fiasco desde el minuto uno, con aquellos muchachos recién salidos del cascarón que asistían a clase disfrazados con traje y pasacorbatas… Me pareció mucho más interesante la facultad de Filosofía, donde los estudiantes de primero sustituían la corbata por una cerveza a primera hora de la mañana. Allí perdí todo el tiempo que pude hasta que en Diario 16 de Galicia me dieron la oportunidad de hacer algo parecido a aquello que más me gustaba hacer: escribir. No me dejaron jamás utilizar un gerundio en un titular, y me prometí a mí mismo que algún día escribiría uno en el título de alguno de mis libros —Destruyendo a Gustav Mahler, todavía en proceso: largo, tedioso, interminable…

El periodismo me lo ha dado casi todo: hambre, dolor de cabeza, angustia, pesar, frustración, trabajo, algo de dinero y la oportunidad de hacer cada día una cosa diferente entre personas geniales, divertidas, olvidables, miserables etc., y siempre con la escritura como excusa. Fueron unos años entre magníficos y extraños.

Tras trabajar como periodista, fui por un tiempo archivero de la Orquesta Sinfónica de Galicia, trabajo con el que habría muerto en pocos años si un alma caritativa no decidiese que lo que la orquesta necesitaba de mí era mi experiencia en medios y mi capacidad para la comunicación así como cierta formación musical como pianista frustrado tras mi paso por los conservatorios de Ourense y Santiago de Compostela.

La música y la escritura han sido las dos constantes presentes en mi vida desde los nueve años, así que no parece que vaya a cambiar de opinión en los próximos cuarenta. En todo este tiempo he conseguido que tres de los muchos libros que llevo en la cabeza salgan a la luz: Instrucciones para tropezarse a Vivaldi y otros ensayos, El secreto de la señora HIggins y otros cuentos El tifón en la tormenta: poemas.

Dicen los que entienden de estas cosas que están bastante bien y que deberías leerlos.