El fosfacito

«El experimento será un éxito si la suerte nos acompaña» —despidió Norberto Cifuentes al reducido grupo de escogidos colaboradores. El sol se desgañitaba a medio día aplastando con lengua pastosa al numeroso rebaño de transeuntes que se aventuraba sobre el asfalto. Para Álvaro de la Espinosa Cortado, doctor en neurología y ciencia de la comprensión del entendimiento humano sobre la base de una red neuronal racionalmente dispersa, era el presagio de un día histórico en su minúscula vida matrimonial, en su dilatada y nunca bien ponderada carrera de investigador de ocho a tres y de cinco a nueve y también en la de la ciencia y la humanidad entera.

Llevaba el pecho grande y el caminar resuelto con el maletín bioesterilizado y criogénicamente incorrupto cosido a la muñeca por medio de unas esposas de acero frío que de algún modo recordaban el carácter ciertamente hierático y un tanto opresivo de la suya, maletín en el que transportaba el fosfacito transnucleico radiocifático que una acertadísima incisión había separado del lóbulo temporal izquierdo del cerebro del paciente tumorado y parcialmente difunto, conejillo para la ocasión. Era lo que se dice una minúscula porción, casi un suspiro, un ¡ay!, un jesús que no fue nada, sobre la blanquecina y grasosa superficie primera de lo que un par de horas antes no era más que un único, hermoso y rotundo cerebro tumorado listo para la investigación.

Álvaro de la Espinosa Cortado pensó que en aquel fosfacito transnucleico quizá se encontrasen almacenadas las últimas experiencias sexuales satisfactorias de aquel varón blanco de cuarenta y tres años, dos meses y catorce días que, si todo marchaba según lo previsto, volvería a caminar y tener experiencias sexuales satisfactorias —o no, porque el experimento, en realidad, no tenía nada que ver con las posibles experiencias sexuales futuras— en brevísimos pero muy periodisticamente trascendentes días.

Cuando supo que prentendía finalizar el experimento en su propia casa, perfecta en la insondable soledad del laboratorio del sótano, Norberto Cifuentes, director del equipo de investigación de radiales tumorales hipotéticamente dispersos en disposición metastasiana sobre una base alcaliniforme manifestó su contrariedad y la todavía vaga certeza de que aquello no podría terminar del todo bien: ¿pero cómo iba a sacar el fosfacito del laboratorio? Totalmente irregular, hombre. Pero carajo, qué manía con que en casa trabajo mejor… ¿y su mujer, y sus niños, hombre? ¿Pero es que se puede trabajar con los chiquillos esparciendo sus cacas y mocos, pringándolo todo? ¿Es posible pensar en los fosfacitos mientras le hacen a uno la francesa para la cena?

Pero Álvaro de la Espinosa Cortado, que era hombre racional y tenía el cerebro rayado como las hojas cartesianas del cuaderno sobre el que su primogénito, Álvaro de la Espinosa García, Alvarito, se esforzaba con sus primeras letras, pudo convencer con su candoroso entusiasmo a Norberto Cifuentes, hombre escéptico y antiguo doctorado en ciencias médicas y biológicas por la Universidad Católica de la Virgen de los Muy Sagrados Poderes y Concatenados Resortes, en la que su padre le gastó los últimos ahorros de una antiquísima herencia.

Sin duda era aquello una irregularidad manifiesta y contraria a los procedimientos del método científicamente contrastado en decenas de investigaciones publicadas en prestigiosas revistas internacionales —con sus notitas a pie de página y sus muy amplísimas y abarcadoras bibliografías—; pero como hombre metódico y de diarias costumbres —en la línea de un Inmanuel Kant pero orientado a los poderes de la ciencia concreta y no del pensamiento en sí mismo porque sí—, lo había previsto todo hasta sus últimos detalles y consecuencias: decidió que toda la familia se mudaría a casa de su suegra, mujer de gran temperamento y poco mundo que había abrasado la voz gritándole a los pequeños que su amadísima hija Dolores había tenido tras dos irremediables noches de pérdida de reflejos con un científico loco y desarreglado sin futuro aparente, algo que pudo corroborar (a pesar de que una madre sabe esas cosas, no necesita más que mirar a los ojos para leer en el interior de un alma desviada) cuando los dos pequeños se contagiaron con aquel virus ratidiforme tras un oscuro experimento sin éxito en el que cuatro ratas absorbieron la atención de Álvaro de la Espinosa Cortado, que todavía se preguntaba cómo fue que en un decir Jesús las probetas y matraces fueron a dar con sus cristales al suelo con un descuido de la mano.

Cuando finalmente encendió la luz del laboratorio y con cuidado exquisito de antiguo caballero británico dejó  el maletín bioestilizado en reposo sobre la mesa de vivisecciones y asuntos diversos razonó que no había sido facil convencer al señor Norberto Cifuentes y enumeró mentalmente las medidas de seguridad burladas tras la aprobación a regañadientes para que la traslación de las moléculas biosuspendidas temporalmente en una solución alcalina de fosfacito cuneiforme del lóbulo temporal izquierdo del cerebro tuviesen lugar en los bajos de la casa de renta fija, amueblado en los últimos años con los sistemas de control de blefaroplasma ribostático para el seguimiento de traslaciones biogenéticas desarrolladas en módulos de tiempo discreto racionalmente indeterminado. Desvaríos de perdedor alucinado, pensaban los vecinos, que desde hacía años asistían con asombro a la caida libre de la maltrecha economía de los Espinosa Cortado. «Locuras», decía Dolores y «bueno carajo», la escéptica de la abuela de sus infantes.

Álvaro de la Espinosa Cortado no dejaba de lamentar —de alguna manera también imprecisa y siempre entre experimento y experimento— lo mucho que su famila sufría con su trabajo; pero de tener éxito con aquel ensayo, al menos les ayudaría en el futuro el reconocimiento como herederos de tan destacado premio nobel de medicina al que la humanidad entera reconocería como gran benefactor al dedicarle por entero, su vida, su trabajo, su familia, su paciencia y su menguante dinero.

Ahora es momento de recapitular los tiempos del experimento. A las ocho de la mañana se le había practicado la incisión al enfermo, que había quedado temporalmente suspendido en una solución hipotalámica de rata muerta con la que las constantes se mantendrían intactas durante las veinticuatro horas siguientes. A las nueve el fosfacito se introdujo en el maletín bioesterilizado y criogénicamente incorrupto; a las diez el maletín ya estaba sellado y a las diez y cuarto pendía  poderoso sobre la muñeca derecha de Álvaro de la Espinosa Cortado. Entre las diez y cuarto y las doce tuvieron lugar los distintos estadios de controles de seguridad, siempre apadrinado a la espalda por Norberto Cifuentes, director administrativo del experimento que no dejaba de insistirle que aquello era irregular, tremendamente irregular. Había tomado entonces un autobús, que lo recogió ante la clínica a las doce y diez, doce y cuarto, aprox. Cuando el transporte económicamente dependiente de los municipios mancomunados de la zona lo dejó frente a su casa de renta fija y parcialmente subvencionada por la fundación del Hospital Clínico de Santa Teresa de Todos los Hermanos Perdidos miró su reloj: las dos menos cuarto, tiempo que podría considerarse como una de las muchas desventajas propias de la vida en el extrarradio geográficamente disperso.

Entre las dos menos cuarto y las dos el maletín se desprendió de su muñeca tras algunos forcejeos con la cerradura de las esposas en una taimada lucha que, de nuevo, le recordó a otras tantas algo más simbólicas pero no por ello menos generadoras de sudorosa ansiedad. Después justo el instante necesario para en otro amén jesús qué caramba poner con cuidado el fosfacito en la nevera —no más de media hora— mientras arrancaba el renqueante motor del generador criogénico del laboratorio, el único lugar válido para mantenerlo en condiciones durante las horas siguientes.

Miró nuevamente el reloj… ¡las tres! Tres cuartos de hora pensando en todo aquello del experimento, el laboratorio, el trance de las horas, los tiempos que lo habían trasladado hasta allí en lo que sin duda le había parecido, después de todo, un único e inmediato amén. Sus cálculos estimaban  que toda aquella función le llevaría seis horas y media, sumadas las cuatro realmente necesarias para el trabajo en sí, más las dos horas y media de margen para posibles complicaciones, dificultades y tal, ya digo, que pudieran surgir de modo no previsto pero igualmente contigentes a la propia incertidumbre de todo proceso enfrentado a lo entrópico del universo en sí mismo (con su propio e inescrutable mecanismo). Así, y como pensaba comenzar a las seis, tendría hasta las doce y media en el peor de los supuestos. A la una de la madrugada tendría todo listo, lo que le dejaba dos horas de sueño, ya que a las cinco de la mañana tendría que arreglarse para las dos horas de autobús que lo separaban, cada mañana, del clínico. A las siete estaba prevista su llegada al centro, con un margen de una media hora de retraso para iniciar, pasadas las siete y media, la incisión del fosfacito en el cerebro del paciente paciente que todo lo más podría esperar hasta las ocho por aquellos recuerdos de experiencias sexuales satisfactorias que por entero le pertenecían, por cierto.

Calculó que tenía por tanto el ámbito temporal necesario para ingerir un rápido almuerzo alto en calorías y sofisticado en oligoelementos enriquecidos y engullirlo a conciencia que la siempre predispuesta Dolores —una de esas recomendaciones de su suegra, tan limpia y aplicada— prepararía antes de tomarse el resto del día libre, no quiero que nadie me arruine el trabajo y váyase también a su casa. Después habría espacio y lugar para una hora de descanso, el tiempo suficiente para retomar fuerzas antes de iniciar el experimento del que todos esperaban tanto y de cuyo resultado dependía la vida de aquel varón blanco, sus recuerdos y sus emociones radicalmente asociadas a aquel pedazo de cuerpo cenizo y grasiento de confitada textura.

Ya más relajado, Álvaro de la Espinosa Cortado sube al cuarto de baño para desaguar la tensión acumulada en forma de una larga y contundente meada, contagiada de su nuevo entusiasmo, y que ahora chorrea con fuerza tras tantos años de flaquezas. El ruido del desague de su cañería se confunde con el de Dolores en la planta baja, retirando los vasos sudados del lavavajillas y trasteando con ollas y cacharros.

Álvaro de la Espinosa Cortado ya es otro hombre. El espejo le devuelve una nueva cara, imagen viva y concupiscente del triunfo. Prueba lo que debería ser su nueva voz, una voz viril y poderosa que descubre al nuevo Álvaro de la Espinosa Cortado: «qué hay para comer, Dolores», a la que responde la infinitamente paciente y lejana empleada: «apenas nada, un revuelto de gambas y setas con esos sesos que el señor se ha comprado».

[Relato de la colección de ficciones El secreto de la señora Higgins y otros cuentos, de Javier Vizoso (2012)]

El improbable caso de Facundino de Segundo

Aunque podría parecer justo lo contrario, no fue su nombre si no su apellido el que de algún modo le había arruinado la vida. Precisamente un apellido que en su terca e irremediable pronunciación abortaba de inmediato la posibilidad de un nombre, por el que todo el mundo insistía en preguntarle tras cada nueva presentación, cada vez que aseguraba llamarse, y lo decía con mirada ansiosa, casi suplicante, que su nombre no era otro que Facundino de Segundo.

Aquel azar de parentescos que habían determinado sus inconscientes e irresponsables padres con su matrimonio y posterior, única e inmediata cópula, acabó por convertirse en una necesidad de identidad que de un modo u otro, ni progenitores ni parientes cercanos o lejanos supieron o pudieron resolver, notable y destacado fracaso que acabó por convertirlo en una forma de existir de alguien que llamado Facundino de Segundo no era más que un apellido nacido húerfano de nombre.

No tardó mucho en comenzar a preguntarse si, en realidad y más allá de las gracias pasajeras, de las inventivas más o menos originales, esperadas o inesperadas, era alguien de verdad o tan solo una amarga derrota de la imaginación estampada con letras de molde sobre un puñado de documentos oficiales. Acostumbraba a decir que se recordaba desde siempre a sí mismo sintiéndose nadie, lo que podría suponer una equivalencia tácita a una declaración en la que afirmase que jamás pudo contemplarse como alguien, o tal vez mejor formulado, como que nunca supo proveerse de una identidad que lo distinguiera de los demás, más allá de la particularidad efímera de un nombre, sea de primero o de segundo, único o en compañía de algún otro desparejado, pero al menos un nombre que abortara al fin aquella cadena perpetua de existencia fuera de sí mismo, porque de tener una existencia no tenía muy claro en quién era preciso radicarla o si es que alguien podía de algún modo atribuírsela; la mera existencia se le convertía en un tormento sin tormenta, pues no siendo nadie en particular y todo en general tampoco había mucho por sufrir, pues de algún modo aquella existencia en la inexistencia concreta era también la ausencia de un ser que desea.

Hay quienes piensan que Facundino de Segundo tuvo mucha suerte cuando de modo inesperado encontró un poco, una vez más por una nueva cadena de azares del caprichoso destino, el remedio para que se produjese en él, al menos y al fin, la magia de desear poder desear o, lo que es lo mismo, que el deseo de tener deseos fuera su primer deseo. Aquello se lo puso de manifiesto su tercer psiquiatra, con el que llevaba estancado en el mismo punto del que habían partido juntos en tratamiento hacía poco menos de cuatro lentos y anodinos, aunque bien mirado también pavorosos y, cómo no, considerablemente costosos años.

Aquél pedazo de facultativo le explicó las novedades del DSM VII® (edición revisada) una tarde de marzo en la que la lluvia volvía insistente sobre las ventanas de la consulta aupada a un décimo piso, en lo que parecía una mala descripción en una novela de saldo inmediato en la que su autor cede al capricho de la lluvia para esconder su vaporosa incapacidad de narrar. Aunque de haber tenido alguna esperanza en una solución a su deseo de desear tener deseos que era incapaz de desear ya la habría perdido hacía mucho tiempo, Facundino no dejó de preguntar qué diablos era aquello del DSM VII® (edición revisada).

Como siempre, su falta absoluta de interés acabó por desbaratar las incomprensibles explicaciones del especialista, pero sí pudo entender que un libro-manual en el que la psiquiatría internacional busca sus remedios de brujo de la tribu entre sus más de cuatro mil setecientas cincuenta páginas papel biblia tipografía sérif del tipo Bauer cuerpo 10 o similar acababa de incluir como «trastorno de anonia por desacción» idénticos síntomas que Facundino de Segundo padecía paciente desde niño. Gracias al fin a un manual de consulta con todas esas páginas y pico, a lo acertado de las enfermedades, trastornos y circunstancias en él contenidas y convenientemente reflejadas, y gracias también al atento trabajo descriptivo de meticulosos recuentos de síntomas y remedios llevado a cabo por decenas de equipos médicos repartidos por todo el mundo con el patrocinio generoso de importantes laboratorios farmacéuticos, su psiquiatra pudo decirle: «Facundino, es usted un hombre con suerte. Aunque la medicación para su problema será gravosa para el común de los contribuyentes, he recibido autorización del Instituto para la Salud Ciudadana Carente de Recursos Propios (el ISCCRP, como todo el mundo sabe) para sufragarle a usted todos los gastos y atendiendo a lo extraordinario de su caso».

Hasta entonces la poca medicación recetada jamás le había sentado bien. Resultaba cuando menos curioso la prescripción de antidepresivos a quien ni sufría ni padecía, pero Facundino de Segundo no protestó cuando le hicieron pasar por la duloxetina, por la sertralina y hasta por los antipsicóticos y algún que otro incendio más en el meollo de su cerebro. Si antes de tomar medicación alguna pensaba que ésta únicamente actuaría sobre la pasta interna que servía a modo de inútil relleno de su cabeza muy pronto salió de su error, porque nada más iniciar el primero de sus tratamientos todo su cuerpo se implicó en ello. La duloxetina lo fatigaba sobremanera, sentía que se le apagaba el corazón y que respiraba debajo del agua y con la cabeza metida dentro de un caldero. La sertralina le bajó la presión del pecho hasta el mismísimo epicentro de sus huevos, que se le aparecían apretados por una mano invisible, y le hacía sentir la próstata como una almendra blandita a punto de deshacerse mientras que le soltaba del todo el vientre en una marea de acuosa de mierda. Las cosas no fueron mucho mejor con los antipsicóticos, que le secaron de inmediato prácticamente toda la dopamina de su cerebro, lo que le causó un llanto que durante días resultó como un chaparrón interminable de lluvia ardiente, y todo ello por una tristeza indefinible pero muy consistente que se le estableció para quedarse durante el breve tratamiento. De su escueto paso por los estimulantes únicamente decir que Fancundino de Segundo creyó que, por fin, alguien se había decidido a pegarle fuego a su cerebro previamente empapado en queroseno.

Pero todo fue diferente nada más iniciar su nuevo tratamiento costeado por el ISCCRP: aquel deseo que nunca había deseado llegó para desear, fíjate tú qué cosas tiene la vida, precisamente a una prima con la que eventualmente se escribía correos-e, que apenas recordaba de cuando tenían justo los diez años y que desde hacía tres o cuatro vivía en París gracias a una beca de doctorado del mismo gobierno francés y destinada a un trabajo de investigación en el desarrollo de contramedidas efectivas ante una eventual guerra bacteriológica. Fue, sin duda, su primer gran logro en su nueva vida de farmacia —con un coste superior a los setecientos cincuenta euros mensuales de los 250 mg. de Anodinium Compositum Retard™  sufragados por la administración del estado—

No fue más que una cuestión puramente platónica, un dejarse ir por correo-e, un pedir alguna foto que te pueda ver la cara, un pensar en aquella cara y después intentar saber del cuerpo, y más tarde preguntarse si tal vez sería posible y luego que sí y más allá algunas palabras de amor y después incluso pensar que era posible acercarse a París, y todo aquello era una gran novedad para alguien que jamás había deseado nada, tal vez sí desear poder desear el deseo de algo, pero siempre muy difuso, todo aquello como envuelto en una sombra tras los escombros de lo que habría podido ser y no fue la construcción de un alma que no tenía…

Era eviente que Facundino de Segundo no sabía cómo manejar aquello. El Anodinium Compositum Retard™ le daba la capacidad del deseo de desear lo que podía ser deseado, y también lo que no podía ser deseado. Pero en alguien tan poco práctico y ducho en relaciones humanas hasta entonces todo aquello era un lío, un déjame ya que esto no lo aguanto y no entiendo nada, porque aquello acabó por ser un tormento: el pensarse deseando a su prima y la capacidad de desear finalmente el deseo de todo deseo pero que cuando finalmente fueran a hacer el amor tal vez pensara en el gran parecido fisico, sobre todo de cara y de perfil, con aquella nariz ciertamente poderosa y su frente rotunda, con el padre de sus respectivos padres. Aquel parecido, se dijo, jamás le permitiría otra cosa que pensar que, de acostarse finalmente con ella, no haría el amor con otra persona que con su propio abuelo. Y claro, aquello no era deseable, dentro de lo deseable de su deseo.

Y todo aquel deseo convertido en sufrimiento —porque todo fue un sufrir desde su propia butaca, prácticamente sin moverse mucho del sitio, salvo para las tareas propias del día y de la noche— le enseñó que si el deseo es sufrimiento, contaba con la gran ventaja de poder dejar finalmente el tratamiento, al menos por un par de semanas, lo que resultaba mucho más rápido, económico y efectivo que emprender la vía budista de las cuatro verdades supremas en toda una vida de renuncia que él ya tenía al alcance de la mano.

Volvió a su conocida, segura y en el fondo tranquila y verificable rutina de no sentirse nadie, pero nadie nadie en realidad; algo verdaderamente sin importancia, sin dolor por las cosas ni por la vida, ni la no vida (lo que para un par de psiquiatras atrás fue erróneamente intepretado como una simple anedonia, en lugar de la anonia desactiva, tratada, cómo no, con dosis de fluoxetina junto con algún estimulante cerebral de composición anfetamínica dos grageas al día, al desayuno de preferencia.

Aquello al fin le hizo comprender la verdadera naturaleza de su problema y la disyuntiva a la que debía dar respuesta: una vida propia e intensa pero breve o una más larga pero amordazada por la pura y simple nada de la anonia.

Para cualquier mortal la cuestión no era compleja, pero Facundino era capaz de aportar luces propias al problema. El dolor moral de su anonia lo obligaba a medicarse para poner algún remedio; una vez medicado, comprendía con extrema claridad la mucha dicha que perdería con una vida tan breve; entonces añoraba sin remedio las tardes interminables en las que la única aventura consistía en no constiparse con las corrientes de aire al pasar las páginas del periódico de la mañana; o el intento vano de armonizar el perfume del ambientador del baño con el espantoso rebufo que desprendía su mierda.

Y así transcurrían los días, meses o semanas de aquellas dos vidas condenadas a añorarse mutuamente: la prolongada hambruna de felicidad de la anonia o el recuerdo de la interminable vida que contemplaba cómo se le escurría por el vertedero del fregadero desde aquellas maravillosas pero breves vistas que despachaban en la ventana de la rebotica.

Y todavía tres psiquiatras más tarde Facundino de Segundo seguía escuchando de algún pedazo de facultativo que en realidad siempre había tenido mucha suerte: la inclusión de la anonia en el gran tratado médico-psiquiátrico de consenso internacional, el interés del estado en sufragar los gastos, la promoción que para sus médicos significaba atenderlo y el pase garantizado a los anales de la historia médica en la especialidad de los trastornos del estado de ánimo (que, después de todo, en su caso no era tal, pues carecía, como ya se dijo de cualquier cosa que pudiese considerarse ánimo…)

Y pensó que después de todo no estaba tan mal, que a pesar de su trastorno y posterior dilema, al fin podía ser alguien, aunque únicamente lo fuera en el rigor de un congreso, emparedado entre las cubiertas con sobrecubierta del más famoso de los tratados médicos.

(Relato de la colección de ficciones de El secreto de la señora Higgins y otros cuentos)

The Dead Leaves 

Original title: Las hojas muertas (from El secreto de la señora Higgins y otros cuentos)
By Javier Vizoso

The pale leaves of the unwritten novel blink behind the sweaty crystals of boiling tea of that fishbowl of dreams in which fable and life they are confused in rows of sentences from which they are glimpsed the drawing of a woman built of vacillations, experiences and poisons.

With November the girl is dying before that folder pregnant of interstices among those who are remote barking’s dogs. The interrupted coition of the fingers against the keys preludes the definitive drag of that fictitious life to the grave of the trash and the remote certainty of disappearing forever with her.

When opens the door of the room the collected silence announces a solitude of a sacred temple: The cup of tea. The empty chair. The blank of the page on the computer. 

From de window you can see the spectacle of a crazy wind that drags the pales leaves playing with dogs in the mild agony of autumn.