Das ist “Der Abschied”, Mutter…

Das Ist Der Abschied, Mutter

Fue no hace mucho en Bilbao, y como no podía ser de otro modo sucedió con Mahler y su Das Lied von der Erde, el desolador lamento de quien lo ha dado todo y no ha recibido nada; la despedida definitiva de aquél al que el paso del tiempo le hizo perder lo poco que aún tenía.Esa noche en Bilbao, con Mahler, entendí que debía dejarte marchar. Del todo. Esa noche en Bilbao, con Mahler, también dejé marchar muchas otras cosas de mi vida.

Unos días antes mi buen amigo Pablo se mostraba un tanto perplejo, confundido, leyendo estas cartas [viciusnodirectionhome.com], pues estaba totalmente seguro de que yo no creía en el más allá… Y claro, le dije que efectivamente es algo en lo que no creo (aunque también es cierto que me extrañaría mucho descubrir que no hubiesen construido para ti tu propio cielo, en el que te estarían esperando con todos tus recuerdos).

Me preguntó entonces la razón de estas cartas, si estoy tan seguro de que no puedes leerme desde el cielo. Y lo cierto es que no supe muy bien qué contestarle, algo que, por otra parte, tampoco es que ahora mismo me preocupe demasiado: ya estoy en esa edad en la que no necesito explicaciones, disculpas o motivaciones para hacer lo que realmente me sale de los cojones.

Fíjate, empecé como un niño bueno escribiendo a su madre y mira ahora: deslenguado y desatado como el gamberro que de algún modo siempre he sido y al que tan bien conociste cuando me escapaba del colegio, o montaba esas historias delirantes que nunca supe si te las creías del todo. Bueno, tú me decías “eres de la piel del demonio”, ya tú sabes.

Es extraño: a pesar de no creer en el más allá (y en tantas ocasiones tampoco en el más acá… pero eso ya es otro cuento) sí tenía la vaga sensación de que me escuchabas o me leías… Y dándole vueltas y más vueltas he descubierto que tal vez lo hagas desde esa parte de ti que llevo siempre conmigo. Supongo que los humanos nunca morimos mientras haya alguien que todavía nos quiera o, al menos, nos recuerde.

A pesar de haber sido un hijo horrible y probablemente un marido mediocre quiero que sepas que, al menos, hago siempre todo lo posible y hasta lo imposible para ser un buen padre. Mi hijo es lo mejor que me ha pasado en la vida y soy muy afortunado por todo lo que me ha enseñado de mí mismo en todos estos años. No quiero hablarte de él porque es algo que quiero guardar siempre para mí solo, que no quiero compartir con nadie; únicamente decirte que es un honor ser su padre, aunque en muchas ocasiones tengo miedo de no ser para él el que realmente necesita y merece. Pero me esfuerzo. A cada instante. Todos los días de mi vida.

Grandes héroes, pequeños seres

La vida es un regalo…. aunque en demasiadas ocasiones el regalo de la vida es todo un regalo de mierda, no tanto por la vida en sí mima, como por el sufrimiento que tantas veces conlleva. Y no voy a establecer grados de sufrimiento, ni tipos, subtipos,
ni ramas y derramas de los infinitos padecimientos que en el mundo son posibles para el cuerpo, la mente y para lo que quiera que sea eso que algunos llaman alma.
A un lado están todos los padecimientos que ya hemos vivido y al otro todos los que nos aguardan. Unos navegan por el océano de la vida —para tantos un simple charco— con mayor fortuna y salvo esto o aquello, llegan al final de tan accidentado viaje prácticamente sin despeinarse tras una larga y placentera vida con poco más que algún sobresalto que resulta muy apropiado para, en el ocaso, comentar en la sobremesa a los nietos estupefactos.
Otros llegan molidos, apaleados por una vida que se ha ensañado y mofado de ellos, sin piedad, sin suerte; niños maltratados, abandonados o que simplemente tienen hambre; gentes devoradas por depresiones, por enfermdades raras o por infartos; ancianos de huesos desgastados; seres abandonados por sus maridos y sus esposas, que les engañaron sin compasion ni miramientos y con la improbable justificación de una supuesta venganza por algo que, quizá, únicamente imaginaron…
Son todos ellos dolores grandes, profundos, atroces y demoledores. Pero de todas las abominaciones posibles hay una retorcida, abyecta, inmunda y que la naturaleza —cruel, asquerosa e implacable— ha planeado contra los niños y a nuestras espaldas: es el cáncer infatil dipuesto a devorar sin miramientos a esos seres indefensos y vulnerables.
Esta mañana alguien escribió en su muro de feisbuc que si aprobabas su publicación, te asignaría un superhéroe que deberías colgar en tu muro para, así, llenar el feisbuc de héroes de cómic con motivo de la semana del cáncer infantil. Mi héroe es Pietro Maximov, “Mercurio”, un tipo que, además de hijo de Magneto, parece que es de la segunda generación de vengadores…
¡Qué bien —pensé— otra chorrada de esas del feisbuc que no sirven para nada!

Pero no fue así. Pensar en la propuesta de mi amigo trajo a mi mente algo que quienes me conocen bien saben que no soporto, y que es el sufrimiento de los niños. Es algo que me puede, me desborda y descoloca desde siempre. Es una de esas convicciones profundas e inamovibles que me acompañan desde siempre y que se me hace presente precisamente ahora que, dicen quienes me conocen, me encuentro en la crisis de la media edad.

Si crisis es mutación o cambio sí es cierto que ya empiezo a tener más años de los que quisiera —con todo lo que el paso del tiempo conlleva. Pero hay convicciones profundas e inamovibles que me han acompañado toda mi vida y que, todo parece indicar, me acompañarán hasta que muera: mi deseo de dejar una muesca, por pequeña que esta sea, en la vida de algunas personas a las que quiero; la inevitabilidad del fin y que cuando llegue querré irme en silencio y sin aspavientos, sin ese horror ante el fin que sienten incluso quienes, ya muy viejos, se aferran a la vida con una desesperación y zozobra impropia de la dignidad que te dan la experiencia y los años; y que no hay mayor desconsuelo que el sufrimiento de los niños: abandonados por sus padres, desamparados, hambrientos, incomprendidos o enfermos.

No se si es importante que alguien ponga un héroe de cómic en su muro o si esta reflexión es importante. Pero cuando veo la dignidad con la que tantos niños se enfrentan a su cancer día a día sin perder la sonrisa, con una entereza que ya quisieran para sí gentes de mayor envergadura física, resistencia y experiencia veo la espantosa mierda, quejica y temblorosa, en la que los adultos nos hemos convertido.

Pega un héroe en tu muro o haz un donativo. Apúntate a un voluntariado, redacta un artículo o publica todo un ensayo… Pero cuando el dolor te venza y te sientas amenazado, piensa en todos esos niños y, por favor, calla y deja de quejarte…

¿Por qué las sesiones con tu psiquiatra nunca son sinceras?

Al menos, seamos sinceros entre nosotros: ni el psiquiatra ni tú os decís la verdad que cabría suponer como necesaria en una relación de confianza médico-paciente como la vuestra. Pero créeme: es mucho mejor así.
Al flamante doctorado en alguna prestigiosa universidad no le gustará descubrir que hace tiempo sabes que su profesión guarda más parecidos con las actividades del brujo de cualquier tribu del Amazonas que con la meticulosa certeza científica del investigador de laboratorio.

Es importante que tu psiquiatra no sepa que conoces su truco del almendruco sobre el que se edifica su pseudociencia: el siempre infalible método del ensayo prueba/error, en el que si tal medicamento o dosis no produce el resultado esperado se cambia la nomenclatura de la receta y vuelta a empezar. Después de todo, de lo que se trata es de alterar la recaptación de alguno de los muchísimos neurotransmisores del cerebro (sea la dopamina, la serotonina o la norepinefrina) para reconducir de algún modo el laberíntico recorrido de tus propios pensamientos con el único fin de dar con la tecla que permite alcanzar aquellos que, obsesivos y tenebrosos, son piojos amarrados a los axones que sorben el néctar de la serotonina directamente de las dendritas de aquellas neuronas que dedicabas a enfrentar el caos de tu vida.

Ni te plantees poner al descubierto ante tu psiquiatra la certidumbre de esta engañifa, o se verá obligado a destruirte diciéndote todo aquello que jamás deberías escuchar si albergas la esperanza de alguna ligera mejoría. Evitarás entonces oír que si se abraza a tu cuello ese sentimiento asfixiante de inutilidad es porque, en realidad, no eres más que un fracasado.
Joder, ¿pero qué coño es lo que quieres? ¿Escuchar de sus propios labios que, además de compartir contigo la misma penitencia, los desamores o la certidumbre de la incertidumbre del inexorable final que, en definitiva, todo aquello que un día te llevó arrastrándote como un insecto hasta la misma puerta de su consulta, esa sensación de vida malgastada, obedece tan sólo a que esa vida que tienes es, como ya bien sabes, toda una mierda?

El día que Galicia conquistó su día grande

Hay que decir que hasta las 20.42 h. del miércoles 24, el día de Galicia, ese 25 de julio dedicado al apóstol Santiago, no era más que un capricho del santoral, una coincidencia de calendario en honor de un individuo bendecido por la santidad oficial y cuyos improbables restos descansan en lo más profundo de una hermosa catedral erigida sobre su dudosa tumba.
Pero ahora Galicia se ha ganado su día grande, que ya no puede ser otro que el 24 de julio, de ahora en adelante su día inmortal. Y éste no lo será por el extraño fruto de un capricho: los mismos gallegos lo hemos fijado al calendario con los clavos de nuestra propia idiosincrasia.

El agua de los días grises de ceniza que llueve sobre el cenicero verde de los campos; la incomprensible querencia de madres y abuelas por atesorar sábanas y mantas, ya inservibles, en los desvencijados desvanes en las aldeas; el minifundio que nos obliga a vivir con el aliento del vecino calentándonos el cogote…
Porque fue esa lluvia fina y persistente que llamamos orballo la que evitó que un vagón que cayó del cielo aplastara las vidas de niños y ancianos que acostumbran a terminar el día en la plaza y que en ese momento estaban ya a resguardo; porque fueron ésas las sábanas y las mantas que cobijaron los cuerpos exhangües y desmembrados que sembraban aquellas vías ya muertas que llevaron a un tren a ninguna parte. Y como el gran periodista José Luis Alvite decía en uno de sus iluminados tuits, abuelas y madres arropaban a los cadáveres con el mismo cuidado y cariño que  si fuesen sus propios invitados; porque es la costumbre de ese aliento del vecino en nuestros cogotes el que alentó a los héroes de Angrois a abalanzarse, entre posesos y rabiosos, sobre los restos de los vagones armados con sierras, hachas, martillos y radiales, dispuestos a sacar a los heridos de entre los amasijos rompiendo ventanillas y puertas incluso a mordiscos y dentelladas si fuese necesario.
Y al final, acostumbrados a pelear con la imposible orografía de su tierra, condenados a padecer eternamente  a caciques inmisericordes y políticos sin escrúpulos, e incluso contra el lastre de su propia historia, los gallegos estaban dispuestos a donar sangre más allá de una hora razonable o a organizar comidas y albergues en una iniciativa altruista y desinteresada de los hosteleros compostelanos que no intentaron rentabilizar de modo alguno ni en el tuiter ni en el feisbuc.
Galicia ya tiene su día grande y ya no es un día prestado ni una celebración de corta y pega.

Esta realidad tan loca

En ocasiones pienso en lo extraño que es el mundo. Es en esos momentos en los que, rodeado de noticias de bebés robados, políticos y gobiernos corruptos que perciben sobresueldos en dinero negro como vulgares miembros de la mismísima Cosa Nostra mientras seres desesperados y desahuciados saltan por la que un día fuera la ventana de su casa, acabo por pensar que cosas de otro mundo como el Cuarteto para el fin de los tiempos, de Olivier Messiaen, el Op. 40 de Dmitri Shostakóvich o el Verklärte Nacht de Schoebenberg s0n un capricho, una excepción de la naturaleza. Prácticamente una extravagancia.