Complicidad de los gatos

Los gatos saben que tú sabes que no son tus amigos, y como saben que lo saben fingen que estás en lo cierto haciéndose de rogar, con ese aire de indiferencia propio de un ano afónico sin nada que contar. Pero los gatos te aman, tanto que si fuesen lo suficientemente grandes te comerían en un puñado de bocados para llevarte dentro de ellos, aunque fuese solo el tiempo necesario para generar los desperdicios que muy educadamente depositarán más tarde en sus cajitas de arena.
Porque los gatos son muy limpios. Se han puesto de acuerdo entre ellos para mostrar una higiene que ya quisieran para sí nuestras abuelas,muchas de nuestras madres y por qué no decirlo, para nosotros mismos.
Eso hace que entre el humano y el gato se establezca un vínculo cómplice, un dejar de pensar en su parte animal y estudiarlos desde lejos como una especie de personitas limpias, pulcras, aunque eso sí, de dientes afilados como agujas de coser.
Los gatos, como ya todo el mundo sabe, no hablan. En realidad no lo hacen porque no tienen nada que decir. Y además son fundamentalmente vagos. ¿Has visto un gato acercándote el periódico por la mañana, las zapatillas al caer la tarde o simplemente avisar de la llegada imprevista de un desconocido? Los gatos no hablan, pero porque no tienen nada que decirnos, ocupados como estamos en entender el por qué de esa su complicidad natural con los humanos. (foto de Ringo © Miguel Dovale

Mentalidad de los peces

por Javier Vizoso

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Hace tiempo todos los peces alcanzaron el trascendental acuerdo de no preguntarse sobre cosas que hasta entonces les habían parecido importantes, como por ejemplo qué cosa es el agua. Y tal.
Desde ese primer instante las cosas comenzaron a irles mucho mejor (a los peces). Cosas que antes parecían esenciales, como la naturaleza de la infidelidad o el sentido último de la profundidad del océano dejaron de ser preocupaciones diarias para quedar como un remoto y casi borroso recuerdo de una época ya perdida, terminada, superada y eso.
La mentalidad de los peces, eminentemente práctica desde entonces, les ha llevado a especializarse sobremanera. Así, decidieron usar lo que se puede encontrar en cualquier caja de herramientas como modo y/o modelo para la especiación y clasificación de individuos con el establecimiento de lo que dieron en llamar parecidos razonables: el pez martillo, el pez sierra, el pez globo y cosas así y que a más de uno le lleva a preguntarse si, después de todo, el océano no es más que una gigantesca ferretería.

La mentalidad de los peces es, así, eminentemente práctica: los peces comemierda se encargan de lo que su propio nombre señala mientras que del pez tigre es preferible mantenerse a distancia prudencial.

Algo a lo que los estudiosos no han dado demasiada importancia, sin embargo, es la insólita ausencia de tradición literaria. La literatura no es algo que preocupe a los peces… tanto es así que más de un experto en cuestiones marinas ha señalado que tal falta de interés por la literatura nace del ancestral desentirés por los sentimientos, a lo que sin duda ha contribuido el hecho sistemático de que el apareamiento se produce en dos fases totalmente individuales por lo que han dejado de lado el roce y o el frotamiento, lo que dificulta sobremanera la aparición de lazos afectivos.

En este estado de cosas, ya no llama la atención el poco apego que los peces tienen por sus semejantes, a los que terminan por comerse cuando estos mueren, en un curioso equilibrio ecológico que, además, explica la permanente ausencia de floristerías y funerarias en el fondo del mar.

Chopin en la sofisticada inmediatez de sus Impromptus

[Mi pequeña contribución al disco del pianista Javier Otero Neira, que ya se puede comprar en su página web, en iTunes, Amazon y en un montón de sitios más. Consulta www.javieroteroneira.com]

En muchas ocasiones el efluvio perfumado de la música disimula la halitosis de su autor. O dicho de otro modo: el universo que en cada obra se abre ante nosotros nos oculta, en no pocas ocasiones, el reducido habitáculo en el que se cocinó su composición.
Nos sucede con Chopin, al que imaginamos dotado de una sensibilidad poética extraordinaria que le obliga a mantenerse alejado del mundo cuya belleza le abruma por todas partes y a todas horas.
Nada más improbable en el caso del autor polaco afincado en París: en lo espiritual o artístico nada le interesa más allá de las teclas de su piano y alguna que otra ópera de Bellini, además de la omnipresente obra de Bach. Ni le interesa ni le importa la pintura de su buen amigo Delacroix y detesta las novelas de su amante George Sand, con cuyas ideas políticas tampoco simpatizaba.

Si Chopin no tenía ojos ni oídos para el arte de su tiempo, sí encontraba cierta satisfacción en una batería de caprichos caros: las ropas deberían ser de buenos paños, pantalones grises con corte a la moda (a razón de dos piezas por cada encargo cursado al sastre), chalecos de terciopelo y sombreros junto con otros complementos discretos en su presencia pero opulentos en la elegancia; además, los cuartos y apartamentos que llegó a ocupar en París debían amueblarse a la última y con los más exquisitos ornamentos. No hemos reparado en gastos.
Su fama como profesor y los honorarios más altos de su época permitieron a Chopin mantener este elevado, exquisito y sin duda caro estilo de vida al que jamás quiso renunciar, pese a la exaltada leyenda romántica de artista comprometido tan de moda entre los relatos de vida de cualquiera de los autores de la primera mitad del siglo XIX.

Y de alguna manera su música —también sus impromptus— fue un reflejo de sus gustos y de su vida: despreocupada y ajena a cualquier cosa de este mundo, planeando y revoloteando solitaria sobre sí misma. Así, los impromptus op. 29 (1837), op. 36 (1939), op. 51 (1842) y el publicado póstumamente op. 66 (pero configurado como Fantasía en un temprano 1835 y que nunca quiso publicar) reflejan este universo absorto en sí mismo.

Si por su etimología la palabra Impromptu se refiere a la urgencia con la que se aprehende lo inmediato —algo así como una Polaroid con la que se registra un instante, pero más una fotografía urgente de reportero de prensa que el esmerado retrato pausado del bodegón de artista— en los cuatro universos chopinianos esta inmediatez nos resulta sofisticada, en una inmediatez, un “pronto”, que ya no es fotografía autorrevelada si no reflejo de una realidad en alta definición, casi como una radiografía pero de las de antes, cuando el médico encendía los rayos asesinos y se pasaba un buen rato escudriñándote el alma mientras daba conversación intrascendente a tu madre.

Los derechos de autor, según James Joyce

Dice el autor de Ulysses:

Mis dos primeros editores no me pagaron derechos, porque en ninguno de los dos casos se vendió el número necesario de ejemplares. En el caso del segundo editor, tuve que comprar 120 ejemplares de mi libro a precio de mayorista como condición para que se publicara. No he cobrado nada por los textos míos que han aparecido este año en las revistas The Smart Set y The Egoist (…) Mi segundo libro, Dublineses, me ha costado una suma considerable de dinero por los ocho años de pleitos que precedieron a su publicación. (Carta a A. Llewelyn Roberts, Zúrich, 30 de junio de 1915). (Traducción de Pablo Sauras, en “Sobre la escritura. James Joyce, Federico Sabatini, Ed. Alba Editorial, Barcelona, 2013)

La Traviata, todavía

Ayer asistí a una representación de La Traviata, de Verdi, probablemente la ópera más sobada de la historia. Pensé que, de escribirla hoy, Verdi tendría que descartar para su protagonista la bacteria de la tuberculosis y decantarse por algún virus moderno mucho más sofisticado o no tendríamos final convincente para una ópera que arranca en medio de una parranda de brindis y cachondeo.
No soy director de escena ni escenógrafo, pero la cosa empezó a ponerse interesante para mí cuando pensé que podrían actualizarse un poco los ropajes viscontianos por algo más práctico y lavable del tipo pret-a-porter y amenizar al tiempo el asunto situando la acción en algo más próximo y cercano a nuestras retinas: tal vez podía ambientarse en Sierra Leona, por ejemplo. Los miembros del coro, junto con Violetta, podían ser los integrantes de alguna oenegé como Médicos sin Fronteras en pleno desierto. Con un poco de arena aquí y algunas tiendas de campaña por allá, arranca el asunto con la celebración de la nueva subvención gubernamental conseguida por el señor Germont, un tipo embarrado entre los desagües de las subvenciones del poder a cargo de los presupuestos generales del estado. La celebración podría consistir en un brindis con gaseosa en higiénicos vasos de plástico que algún abnegado corista se encargaría después de recoger del suelo para su posterior reciclado.
En este distendido ambiente, Violetta es ya una desinteresada activista que se enamora del hijo del pez gordo de Germont (no, Germont no tiene un pez con problemas de sobrepeso), lo que nos permitiría entender mejor el dilema del muchacho, emparedado entre el dolor de cabeza de las exigencias de rancio politiqueo de su padre y las sugerentes promesas de algarabía y libertad sexual de Violetta (que con el tiempo acabarían, como siempre, en agua de borrajas). Al final, ella agoniza y muere de ébola en el interior de una de esas tiendas de campaña con un gotero y su bendito suero conectado al brazo. No olvidar incluir, ya en la lejanía (en ese lugar donde cuelgan las telas del decorado), a un tipo del nuevo Estado Islámico grabando con su cámara de vídeo hd al compañero que da de alta en Internet la web almartirioconalegria.com
También me imaginé un cuento en el que un coro vive atrapado en una representación de La traviata en un bucle ad nauseam. Pero no tengo ganas de escribirlo.
(En la foto, culo de una estatua visto desde el backstage)