Nosotros que nos salivábamos tanto

Nosotros que nos salivábamos tanto, con nuestras lenguas enroscándose, rojas y húmedas, uniendo nuestros cuerpos en un abrazo que nos resbalaba, hacia abajo y adentro, como de goma líquida que se derrite por el calor del infierno en el que arden los enamorados. Los abrazos densos, empapados en aquellas imposibles tardes de verano. Irreales.
Y tú que te ceñías a mi cintura y como enamorada prometías aquel amor que mi corazón tanto deseaba y que gritaba desde el búnker de su cueva, una gruta construida de pesadilla, soledad y silencio. Nosotros, que nos salivábamos tanto, con nuestras lenguas buscando las cavidades mútuas, nuevas a cada instante, diferentes cada día, cada noche.

A nuestra manera éramos felices; así, sin hablar apenas nada, pero viéndonos fumar en silencio, derritiendo los pitillos con nuestras bocas, nuestros labios en un silencio que sólo tu podías quebrar con aquella voz de niña diminuta, indefensa, tan irreal parecías. Entonces yo me quedaba absorto, embebido de mí mismo, y veía en la negrura de aquel cuarto la brasa del cigarrillo que apuraba como si el último, ya no más.

Al día siguiente desayunábamos descalzos, ajenos a todo y a todos. Pastel de manzana, ¿recuerdas? Incluso arándanos, dulces y tan negros que ni podía distinguirlos de su propio amasijo sobre el plato, ciego como estaba. Me acariciabas con tus manos, tan calientes como siempre, y mi cuerpo temblaba y se enroscaba sobre sí mismo, como una serpiente, y a tu cintura que era una lira.

También estaba la música que descendía sobre nosotros, apurada, con aquel jazz compulsivo y roto que nos devolvía a lo atónito de nuestras experiencias entremezcladas mientras volvíamos a salivar.

Pero aquella mañana, después de lo de nuestro, vi en tus ojos aquel brillo extraño, distinto a todo. Cómo cambiaba tu rostro; y tu pelo que ya no parecía el mismo, oscurecido entonces por el paso tambaleante de aquellas nubes.

La traición de los cuerpos, tan absurda que nos parecía cuando salivábamos todo aquello y que ahora tus ojos querían confesar de alguna manera, vomitando todo lo que vivías dentro y yo quería ignorar. Pero sin compasión quisiste atravesarme con ello, tus ojos mirándome huidizos y entrecortados. Y yo, que pensaba que el amor para siempre, que éramos tan distintos a todo lo demás, con tu calor tan dentro de mi boca.
Pero tus ojos; tus ojos no podían ocultarlo por más tiempo. Yo comprendí entonces que ellos gritaban lo que tu boca callaba: el cansancio de mis caricias, de mis salivas cubriendo de admiración y humedades todo tu cuerpo, con aquella música que tocaba con mis dedos sobre tu piel.

La traición aquella mañana. En tu mirada mientras tu boca mentía, lo negaba y tus ojos de caramelo no te dejaban y yo comprendí pronto aquello sobre nosotros, que nos salivábamos tanto, tan distinto a todo.
Entonces asombraste los ojos, tus ojos abiertos a lo imposible, y te sorprendiste tanto con mi respuesta —los enamorados son así, irreales en ocasiones, supongo que será lo de la saliva en la boca, que fundió nuestros cuerpos en la unión de los líquidos que nos resbalaban— que no podías, o no querías, o no sabías comprender.

Te asustaste tanto. Lo sé porque lo pude leer en tus ojos, abiertos, desmesurados, cuando retiré la hoja afilada del cuchillo de aquel vientre tuyo, salivado tantas veces, con la punta de mi lengua. Nosotros, que nos salivábamos tanto.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s