Navidad y melancolía

La Navidad es un territorio de contrastes, esos días entre paréntesis en los que los niños son felices porque todavía no leen la tristeza y la melancolía en los ojos de sus mayores.
El 24 de diciembre de 1980 Gabriel García Márquez publicaba un artículo en el que, bajo el título Estas navidades siniestras, se quejaba amargamente de que “ya nadie se acuerda de Dios en Navidad”, y se preguntaba si “a alguien le queda un instante para darse cuenta de que semejante despelote es para celebrar el cumpleaños de un niño que nació […] en una caballeriza de miseria”.

Lejos de esta visión amarga se encuentra esa mirada esperanzada que lanzaba Frank Capra en 1946 con Qué bello es vivir, desde entonces la película más emitida en Navidad en todo el mundo y en la que se viene a decir que hasta la más fracasada y miserable de las vidas puede encontrar un sentido que la convierta en algo mágico y trascendente si se sabe leer entre sus renglones torcidos. En el fondo la película  no es otra cosa que una visión muy libre de la novela Canción de Navidad, del escritor Charles Dickens.

Precisamente entre el pavoroso desgarro de García Márquez y el feroz optimismo de Capra se sitúa la obra novelística de Dickens, plagada de pobres y mendigos que únicamente podrían decorar su arbolito navideño con el dorado del sarro y las luces de su mal aliento. Y aunque Dickens nunca olvida en sus obras a esos niños a los que Papá Noel tan sólo les trae remiendos para unos abrigos que todo lo más les sirven para cambiar el frío de sitio, siempre existe una esperanza de redención para el malvado, incluso aunque sea su retorcida avaricia y su retórica malicia la que ha permitido la existencia de esos pequeños que con tanta hambre acumulada han aprendido a masticar con los párpados el pan sobrante del año pasado mientras su estómago hace eco con el viento.

Para nosotros, que hemos crecido con las duras y melancólicas historias de Dickens y madurado con la película de Capra, la Navidad sigue siendo esa época apurada y loca en la que renovamos ese deseo universal de un futuro mejor en un estado de desesperada esperanza, aunque seamos todavía muchos los que, cuando terminan estas fechas, lo único conseguimos renovar son la gastritis y el sobrepeso tras sacar brillo a nuestra melancolía con la humedad de los ojos.

2 pensamientos en “Navidad y melancolía

  1. Cada vez más vivo las Navidades con tristeza a pesar de la alegría de mi entorno, pero no es una tristeza de congoja o desconsuelo, sino una tristeza melancólica, nostálgica al comprobar que muchos de los momentos en los que fui feliz no volverán a repetirse, porque “ya no estamos todos”.

    Particularmente pienso que mientras la Navidad nos deje gastritis y sobrepeso, la cosa no va tan mal. Este año ha habido personas que no han tenido un menú especial y no por la tan manida crisis económica, sino por la cada vez mayor crisis afectiva que alcanza a todos los estratos sociales.

    La Navidad ya no ha dejado sólo de ser la celebración del nacimiento de Jesucristo, sino que ha dejado de ser la celebración de la “familia”. Concepto éste cada vez más distorsionado por lo que repercute directamente en el espíritu de la navidad.

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