Adiós…

Hay despedidas inmediatas que son el adiós al murmullo de la vida, apagas esa luz y todo es silencio, y lo demás, más allá de tu pequeño mundo, no es más que ruido.

Hay adioses programados, como si se calcularan con la app del móvil: Tal día esto y aquello, como quien programa el microondas o el despertador mañana hay que trabajar o llevar los niños a tal y cual. Ese día que ya no estaré, que me voy. Da igual que a otra ciudad o un nuevo país; a una nueva relación esta vez funcionará… En realidad son transiciones a otra cosa, o quizá a lo mismo pero con el disfraz de otro color.

Hay adioses inesperados, con los que te tropiezas mientras estabas en otra cosa. Son esos adioses con los que no contabas. Son clavos en los pies descalzos mientras caminas por la hierba húmeda tras la primera lluvia del verano sobre el suelo abrasado.

Existen apretones de manos de hasta siempre amigo, quizá algún día nuestras vidas se encuentren de nuevo, y en la mano que estrechaste te llevas esperanza; y después cierras tus dedos y aprietas muy fuerte mientras sigues tu camino porque crees que quizá así evitarás que los buenos momentos se desvanezcan en el vacío que deja la amistad que se fue y que ya casi puedes ver en una intuición de tus ojos, esas dos ventanas desde las que contemplas el mundo pero que nadie jamás usa para mirarte.

A veces un buenas noches es un hasta nunca que no esperabas cuando por la mañana te despiertas en otra vida que no era la tuya, con el vaso antes vacío lleno ahora de lágrimas, agua y sal de las olas que borraron tus huellas de la arena.

Pero hay veces en que adiós, un simple adiós, puede ser una despedida eterna, de esas que jamás terminan, aunque veas el tren alejarse mientras se lleva tu carrusel de sueños para siempre; es esa despedida que se prolonga en tu trayecto sobre el puente con el que cruzas tu vida que ya transcurre en otra parte. Es ese adiós especial con el que jamás dejas marchar. Es la despedida que no termina, que llevarás desde entonces contigo, siempre adiós, se fue, no está, pero sigues y sigues diciendo adiós, pues en ese adiós está tu corazón. Ese adiós lo llevas para siempre contigo, porque no fue un adiós hasta siempre, o un adiós hasta nunca, si no que es y será siempre un adiós eterno, con el que te llevas prendido en los labios, incrustado para siempre en la cabeza, en el corazón, aquello que sabes que jamás dejarás marchar.

2 pensamientos en “Adiós…

  1. También hay un adiós cobarde, disfrazado de engaño.

    Un adiós que cuesta darte cuenta de que lo es.

    Un adiós irrespetuoso por no tener en consideración al otro.

    Un adiós hostil, dañino que también resulta difícil de superar.

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