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Grandes héroes, pequeños seres

La vida es un regalo…. aunque en demasiadas ocasiones el regalo de la vida es todo un regalo de mierda, no tanto por la vida en sí mima, como por el sufrimiento que tantas veces conlleva. Y no voy a establecer grados de sufrimiento, ni tipos, subtipos,
ni ramas y derramas de los infinitos padecimientos que en el mundo son posibles para el cuerpo, la mente y para lo que quiera que sea eso que algunos llaman alma.
A un lado están todos los padecimientos que ya hemos vivido y al otro todos los que nos aguardan. Unos navegan por el océano de la vida —para tantos un simple charco— con mayor fortuna y salvo esto o aquello, llegan al final de tan accidentado viaje prácticamente sin despeinarse tras una larga y placentera vida con poco más que algún sobresalto que resulta muy apropiado para, en el ocaso, comentar en la sobremesa a los nietos estupefactos.
Otros llegan molidos, apaleados por una vida que se ha ensañado y mofado de ellos, sin piedad, sin suerte; niños maltratados, abandonados o que simplemente tienen hambre; gentes devoradas por depresiones, por enfermdades raras o por infartos; ancianos de huesos desgastados; seres abandonados por sus maridos y sus esposas, que les engañaron sin compasion ni miramientos y con la improbable justificación de una supuesta venganza por algo que, quizá, únicamente imaginaron…
Son todos ellos dolores grandes, profundos, atroces y demoledores. Pero de todas las abominaciones posibles hay una retorcida, abyecta, inmunda y que la naturaleza —cruel, asquerosa e implacable— ha planeado contra los niños y a nuestras espaldas: es el cáncer infatil dipuesto a devorar sin miramientos a esos seres indefensos y vulnerables.
Esta mañana alguien escribió en su muro de feisbuc que si aprobabas su publicación, te asignaría un superhéroe que deberías colgar en tu muro para, así, llenar el feisbuc de héroes de cómic con motivo de la semana del cáncer infantil. Mi héroe es Pietro Maximov, “Mercurio”, un tipo que, además de hijo de Magneto, parece que es de la segunda generación de vengadores…
¡Qué bien —pensé— otra chorrada de esas del feisbuc que no sirven para nada!

Pero no fue así. Pensar en la propuesta de mi amigo trajo a mi mente algo que quienes me conocen bien saben que no soporto, y que es el sufrimiento de los niños. Es algo que me puede, me desborda y descoloca desde siempre. Es una de esas convicciones profundas e inamovibles que me acompañan desde siempre y que se me hace presente precisamente ahora que, dicen quienes me conocen, me encuentro en la crisis de la media edad.

Si crisis es mutación o cambio sí es cierto que ya empiezo a tener más años de los que quisiera —con todo lo que el paso del tiempo conlleva. Pero hay convicciones profundas e inamovibles que me han acompañado toda mi vida y que, todo parece indicar, me acompañarán hasta que muera: mi deseo de dejar una muesca, por pequeña que esta sea, en la vida de algunas personas a las que quiero; la inevitabilidad del fin y que cuando llegue querré irme en silencio y sin aspavientos, sin ese horror ante el fin que sienten incluso quienes, ya muy viejos, se aferran a la vida con una desesperación y zozobra impropia de la dignidad que te dan la experiencia y los años; y que no hay mayor desconsuelo que el sufrimiento de los niños: abandonados por sus padres, desamparados, hambrientos, incomprendidos o enfermos.

No se si es importante que alguien ponga un héroe de cómic en su muro o si esta reflexión es importante. Pero cuando veo la dignidad con la que tantos niños se enfrentan a su cancer día a día sin perder la sonrisa, con una entereza que ya quisieran para sí gentes de mayor envergadura física, resistencia y experiencia veo la espantosa mierda, quejica y temblorosa, en la que los adultos nos hemos convertido.

Pega un héroe en tu muro o haz un donativo. Apúntate a un voluntariado, redacta un artículo o publica todo un ensayo… Pero cuando el dolor te venza y te sientas amenazado, piensa en todos esos niños y, por favor, calla y deja de quejarte…

Un pensamiento en “Grandes héroes, pequeños seres

  1. También hay un adiós cobarde, disfrazado de engaño.

    Un adiós que cuesta darte cuenta de que lo es.

    Un adiós irrespetuoso por no tener en consideración al otro.

    Un adiós hostil, dañino que también resulta difícil de superar.

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