De la vanguardia a la alegría y vuelta

[texto para el concierto de la OSG Sinfonietta para la Sociedad Filarmónica de A Coruña]

Musicólogos de bata blanca y arqueólogos de biblioteca ocupan su tiempo dilucidando si la de Serguéi Prokófiev es música de revolución o si, por el contrario, no es más que puro consentimiento. Mientras, a los demás la diversión y el entretenimiento nos esperan en una música que, sea o no de enfant terrible, siempre nos lleva de parranda. 

Ese humor entre gamberro y despreocupado es el que encontramos en partituras como El teniente Kijé —banda sonora para el filme del mismo título y utilizada con evidente éxito por el irreverente Woody Allen en su película La última noche de Boris Grushenko—, y es también el que encontramos en la Obertura sobre temas hebreos op. 34, compuesta en 1919 durante un viaje de Prokófiev a Estados Unidos y fruto de un encargo del grupo judío Simro, músicos aficionados emigrados de la Unión Soviética tras la revolución y sobre la base de una serie de piezas populares judías. 

Digamos ya que si la música popular judía oscila siempre entre lo trágico y lo felizmente festivo, este movimiento pendular es el que Prokófiev aprovecha muy bien en una pieza que sigue la forma de una obertura convencional, concebida inicialmente para clarinete, piano y cuarteto de cuerdas y adaptado en esta ocasión a la OSG Sinfonietta  por José Trigueros, un músico exelente al que, además, divierten mucho todas estas cosas.

La historia de la música está llena de gigantes que siempre dan buena sombra y cobijo a otros autores que quizá no muevan montañas, pero que se pasean entre ellas —entre abismos y desfiladeros— con bastante buena fortuna. Es el caso del francés Jean Françaix y del autor veneciano Ermanno Wolf-Ferrari. ¿Y qué es lo que pintan ambos en un programa que se abre con el despreocupado y divertido Prokófiev? Pues quizá lo que une a ambos es su esforzado proyecto en el género operístico cómico. También el que ambos vivieran en todas sus creaciones, y de alguna manera, al margen de los movimientos estéticos de su tiempo: Wolf-Ferrari empeñado en triunfar, sin éxito, en el país de Rossini y gozando de mayor favor del público en el de Wagner, siempre escribiendo su música de espaldas a Arnold Schoenberg y a todo lo que sucedía en el hervidero de la Viena de aquella época; y Jean Françaix con un estilo ecléctico y elegante, también ajeno a las corrientes de moda y con el que dio a luz una ingente obra con la que, al igual que Wolf-Ferrari, no triunfó ni triunfa en su país aunque sí sigue gozando de prestigio en países como Alemania o Estados Unidos.

¿Qué cómo es la música del Dixtuor de Jean Françaix? Pues como dijo en su momento su amigo Francis Poulenc, es «música para dar placer»: de un clasicismo encantador, de refinada escritura y profunda elegancia sobre una base de gran maestría técnica que ignora con desparpajo todos los combates de la vanguardia de su tiempo.

A esa despreocupación por lo que se cuece en los hervideros de la vanguardia hay que sumar la Sinfonia da camera, op. 8 de Wolf-Ferrari, escrita cuando el siglo XX todavía gateaba (1901), y que es una obra que no deja de regodearse en sí misma: desde ese evocador comienzo en el piano al que se suman clarinete y oboe en su Allegro moderato al que se suma un travieso Vivace con spirito para culminar en un imponente Finale.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s