Entre la feroz naturaleza y el sereno paisaje

[Texto para el programa de mano del concierto NATURALEZA Y PAISAJE, del Coro de la ORCAM]

El confundir naturaleza con paisaje es una sinécdoque y un equívoco que debe remontarse a nuestros primeros tiempos en las cavernas. Quizá fuese ese el único modo para aprender a convivir con un medio hostil y despiadado en el que la dicotomía entre comer o ser comido son las piezas esenciales que parecen mover el mundo.

Porque confundir naturaleza con paisaje es un método cómodo y razonable para obviar —u olvidar por un tiempo— la constante amenaza que para nuestra supervivencia suponen esas hermosas plantas venenosas, o los potentes y adictivos alcaloides naturales de la planta de coca y los opiáceos de la flor de amapola, sin olvidar la determinación terca de los insectos o el universo de virus indomables, de bacterias resistentes así como de los monzones, las plagas, terremotos y tsunamis gigantescos, sin olvidar que ese campo de flores tan perfumadas y hermosas no es otra cosa que el tapiz sobre el que miles de órganos sexuales compiten por la reproducción y permanencia de una especie.

Pero el ser humano, que ha sido capaz de imponerse a muchas de las zancadillas y contratiempos de la naturaleza gracias al desarrollo de su tecnología y el poder de su ciencia, también ha utilizado la música y el arte para no sucumbir a una visión apocalíptica de la naturaleza, visión que, sin duda, ha conseguido dominar y a la que nunca nos hemos abandonado.

A pesar de los dramáticos cambios y las revoluciones del paradigma científico de los últimos quinientos años, nuestra percepción benévola de la naturaleza apenas se ha modificado. A los grillos y su canto se refería Josquin des Prés en El grillo, el más remoto de los autores convocados a este paseo por la naturaleza poética; los hay, los más recientes como Lauridsen, entusiasmados por el embrujo de la rosa o, como su contemporáneo el letón Peteris Vasks, con la feminidad del sol en su Mate Saule [Madre Sol]; entre ambos encontramos a Lutoslawski, quien oscila entre las estrellas plateadas que alumbran la noche en A Night in May hasta los vientos frescos de la mañana in Windowpanes of Ice.

La visión de esta naturaleza benevolente se encuentra también en el Prado verde y florido, ——con árboles de buena y fresca sombra— de un autor tan remoto como Francisco Guerrero y en otro muchísimo más próximo en el tiempo como Saint-Saëns, con su Calme des nuits y también Les fleurs et les arbres, árboles cuyas copas también se retratan en Plenitud dorada de Juan Alfonso García.

Quizá la natureleza sea un espacio brutal y hostil, pero también es cierto que el ser humano ha sabido reacondicionarla mentalmente con un arma tan poderosa como la poesía para comprenderla de un modo más amable y acogedor, un espacio que, después de todo, es también su hogar.

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