Chopin en la sofisticada inmediatez de sus Impromptus

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En muchas ocasiones el efluvio perfumado de la música disimula la halitosis de su autor. O dicho de otro modo: el universo que en cada obra se abre ante nosotros nos oculta, en no pocas ocasiones, el reducido habitáculo en el que se cocinó su composición.
Nos sucede con Chopin, al que imaginamos dotado de una sensibilidad poética extraordinaria que le obliga a mantenerse alejado del mundo cuya belleza le abruma por todas partes y a todas horas.
Nada más improbable en el caso del autor polaco afincado en París: en lo espiritual o artístico nada le interesa más allá de las teclas de su piano y alguna que otra ópera de Bellini, además de la omnipresente obra de Bach. Ni le interesa ni le importa la pintura de su buen amigo Delacroix y detesta las novelas de su amante George Sand, con cuyas ideas políticas tampoco simpatizaba.

Si Chopin no tenía ojos ni oídos para el arte de su tiempo, sí encontraba cierta satisfacción en una batería de caprichos caros: las ropas deberían ser de buenos paños, pantalones grises con corte a la moda (a razón de dos piezas por cada encargo cursado al sastre), chalecos de terciopelo y sombreros junto con otros complementos discretos en su presencia pero opulentos en la elegancia; además, los cuartos y apartamentos que llegó a ocupar en París debían amueblarse a la última y con los más exquisitos ornamentos. No hemos reparado en gastos.
Su fama como profesor y los honorarios más altos de su época permitieron a Chopin mantener este elevado, exquisito y sin duda caro estilo de vida al que jamás quiso renunciar, pese a la exaltada leyenda romántica de artista comprometido tan de moda entre los relatos de vida de cualquiera de los autores de la primera mitad del siglo XIX.

Y de alguna manera su música —también sus impromptus— fue un reflejo de sus gustos y de su vida: despreocupada y ajena a cualquier cosa de este mundo, planeando y revoloteando solitaria sobre sí misma. Así, los impromptus op. 29 (1837), op. 36 (1939), op. 51 (1842) y el publicado póstumamente op. 66 (pero configurado como Fantasía en un temprano 1835 y que nunca quiso publicar) reflejan este universo absorto en sí mismo.

Si por su etimología la palabra Impromptu se refiere a la urgencia con la que se aprehende lo inmediato —algo así como una Polaroid con la que se registra un instante, pero más una fotografía urgente de reportero de prensa que el esmerado retrato pausado del bodegón de artista— en los cuatro universos chopinianos esta inmediatez nos resulta sofisticada, en una inmediatez, un “pronto”, que ya no es fotografía autorrevelada si no reflejo de una realidad en alta definición, casi como una radiografía pero de las de antes, cuando el médico encendía los rayos asesinos y se pasaba un buen rato escudriñándote el alma mientras daba conversación intrascendente a tu madre.

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