La Traviata, todavía

Ayer asistí a una representación de La Traviata, de Verdi, probablemente la ópera más sobada de la historia. Pensé que, de escribirla hoy, Verdi tendría que descartar para su protagonista la bacteria de la tuberculosis y decantarse por algún virus moderno mucho más sofisticado o no tendríamos final convincente para una ópera que arranca en medio de una parranda de brindis y cachondeo.
No soy director de escena ni escenógrafo, pero la cosa empezó a ponerse interesante para mí cuando pensé que podrían actualizarse un poco los ropajes viscontianos por algo más práctico y lavable del tipo pret-a-porter y amenizar al tiempo el asunto situando la acción en algo más próximo y cercano a nuestras retinas: tal vez podía ambientarse en Sierra Leona, por ejemplo. Los miembros del coro, junto con Violetta, podían ser los integrantes de alguna oenegé como Médicos sin Fronteras en pleno desierto. Con un poco de arena aquí y algunas tiendas de campaña por allá, arranca el asunto con la celebración de la nueva subvención gubernamental conseguida por el señor Germont, un tipo embarrado entre los desagües de las subvenciones del poder a cargo de los presupuestos generales del estado. La celebración podría consistir en un brindis con gaseosa en higiénicos vasos de plástico que algún abnegado corista se encargaría después de recoger del suelo para su posterior reciclado.
En este distendido ambiente, Violetta es ya una desinteresada activista que se enamora del hijo del pez gordo de Germont (no, Germont no tiene un pez con problemas de sobrepeso), lo que nos permitiría entender mejor el dilema del muchacho, emparedado entre el dolor de cabeza de las exigencias de rancio politiqueo de su padre y las sugerentes promesas de algarabía y libertad sexual de Violetta (que con el tiempo acabarían, como siempre, en agua de borrajas). Al final, ella agoniza y muere de ébola en el interior de una de esas tiendas de campaña con un gotero y su bendito suero conectado al brazo. No olvidar incluir, ya en la lejanía (en ese lugar donde cuelgan las telas del decorado), a un tipo del nuevo Estado Islámico grabando con su cámara de vídeo hd al compañero que da de alta en Internet la web almartirioconalegria.com
También me imaginé un cuento en el que un coro vive atrapado en una representación de La traviata en un bucle ad nauseam. Pero no tengo ganas de escribirlo.
(En la foto, culo de una estatua visto desde el backstage)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s