Artistas, compositores y otros seres grotescos

Ludwig van Beethoven golpeado por una profunda depresión; Franz Schubert condenado a la tristeza infinita del perpetuo invierno; Robert Schumann acosado por la psicosis y la paranoia que intentaa ahogar  arrojándose a las aguas del Rin; Héctor Berlioz asaltado por innumerables crisis nerviosas; Modest Músorgski con un trastorno esquizoide que oculta su ansiedad bajo litros de licor; Piotr Illich Chaikovski víctima de la depresión psicótica; Seguéi Rachmáninov moralmente derrumbado; Gaetano Donizetti destruido por una demencia a consecuencia de la sífilis; un Richard Wagner megalómano que la historia ha salvado de la chifladura sistemática y organizada gracias a su prodigioso talento… y con todos ustedes Wolfgang Amadeus Mozart, un tipo curioso y singular que es bipolar, hiperactivo o asperger según la página web de las diferentes asociaciones de afectados que se consulte.

Claro que todo este catálogo de seres grotescos no es propiedad exclusiva de la historia de la música: Van Gogh se cortó una oreja para ir pasando el día; el excéntrico Salvador Dalí pensaba que la única diferencia entre un loco y él era que él no estaba loco; Charles Baudelaire quiso vivir en los paraísos artificiales de la intoxicación —al igual de Bukowski, Verlaine o Hemingway entre otros muchos adictos al alcohol y a toda clase de drogas y estupefacientes—; Philip K. Dick esquizofrénico… De todos modos no creo que la cantidad de dementes y trastornados sea mayor en las artes y las letras que en cualquier otra especialidad de la actividad humana como el de los panaderos, los alguaciles o los mismísimos loqueros, pero sin duda el que todos estos seres grotescos transiten por los cada vez más difusos límites de la demencia resulta mucho más provechoso para la música, la literatura y el arte que para fabricar pan o conducir el metro.

Quizá sea toda esta chusma degenerada y enferma la que nos ayuda a todos los demás a no caer por los desagues de la demencia: sus acercamientos al trastorno, a la enfermedad y al abismo del delirio nos ayuda, de algún modo, a mantenernos lo suficientemente cerca de la realidad como para no sucumbir, como ellos, a ese precipicio del que, tras saltar, ya no resulta posible el regreso.

Porque pese a todo, creo que son muchos más los que han logrado sobrevivir  tras la lectura del Werther de Goethe que los que decidieron acompañar al atormentado personaje en su camino sin retorno.

El amor: ese incendio del cuerpo, ese veneno del alma

Entre todos los personajes psicóticos, delirantes y enfermos que pueblan la literatura operística quizá sean los más frecuentes los que perecen abrasados por el amor —ese incendio del cuerpo, ese veneno del alma—. Y eso sin olvidar a los que pierden el juicio porque primero se han perdido a sí mismos —Don Giovanni, incapaz de encontrar la sensatez ante las mismísimas puertas del ardiente infierno— o porque no son capaces de sobrevivir al terror del remordimiento —Borís Godunov.

El despecho amoroso de una adolescente es el que pone a Salomé al borde de sus fuerzas mentales y pide la cabeza del Bautista al que el propio Richard Strauss llegó a detestar en su intransigente incapacidad para mirar a la cara a la jovencísima princesa enamorada —y aquí tenemos a un autor odiando a uno de sus personajes, lo que tampoco es el colmo de la cordura.

Con la visión que arrojan los artistas y su arte sobre todas estas demencias somos mucho más capaces de atisbar en qué demonios consiste ser un ser humano —como gustaba explicar el sentido de la buena literatura al escritor David Foster Wallace, quien por cierto acabó colgado de una cuerda en el sótano de su casa ante la atenta mirada de sus dos perros—. Es aquí y no en el Manual Diagnóstico y Estadístico de las Enfermedades Mentales (DSM en sus iniciales en inglés, del que se prepara ahora su quinta versión con la psiquiatría internacional reunida en relajado y farmacéuticamente subvencionado cónclave médico), donde entendemos y comprendemos a estos personajes delirantes y, al tiempo, nos entendemos a nosotros. Sin duda es el arte lo que nos permite a muchos de nosotros transitar de un lado a otro de lo puramente delirante y lo razonable sin llegar a perder del todo los anclajes de nuestro cada vez más debilitado juicio.

Esos objetos mentirosos

Parece que es la mentira y el engaño el detonador del explosivo de la locura. Un pañuelo que desata el veneno de los celos en el manejable Otelo, una carta falsa en el caso de Lucía Ashton que, como explica Walter Scott en La novia de Lamermoor “era muy accesible a lo romántico cuando podía seguir sus propias inclinaciones. Constituían su mayor placer las leyendas de exaltada devoción y amor inalterable, en las cuales surgen con tanta frecuencia extrañas aventuras y horrores sobrenaturales”. Vamos: que tenía muchos papeles para perder los papeles. Y así la lleva después Donizetti, camino de la locura con un canto imposible y loco.

También mentiroso es el filtro de amor con el que los que Tristán e Isolda comienzan a transitar por los caminos del delirio y la demencia. Es gracias al filtro que el Sol se convierte en una bola de fuego que amenaza con destruirlos. Es el filtro el que hace que Tristán delire en el tercer acto y que Isolda, al igual que Lucía de Lamermoor, vea transfigurado a su amado allí donde no hay más que un abismo.

Claro que Wagner no es ni Donizetti, ni Chaikovski, ni Beethoven ni ninguno de todos estos seres grotescos, pues es lo suficientemente sabio para derrotar a las fiebres del Tristán —que él mismo dijo que llevaría a caulquiera a la locura— con el antitérmico de Los maestros.

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