Trasunto del perdedor

Román no había llevado a buen fin sus estudios preuniversitarios cuando se dedicó a pregonar por todo el pueblo que el próximo año estudiaría medicina. No era más que un recurso temporal a la espera de una salida honrosa pero improbable que no humillase demasiado a su padre.
Y como en los meses siguientes no llamó a su puerta ninguna otra alternativa, decidió seguir con el engaño hasta terminar los estudios y comenzar la especialidad. Como no podía justificar la imposibilidad de emcontrar trabajo alguno en aquellas condiciones, y a pesar de algunos conocimientos médicos sacados de algunos apuntes  comprados en la fotocopiadora de la facultad y con los que regalaba y engatusaba los oídos de su severo padre se le ocurrió plantear, también como medida del todo provisional, que lo suyo era el estudio y que prepararía un doctorado.

Un día alguien reclamó sus papeles para algún asunto del ayuntamiento y con aquella comunicación oficial toda la familia descubrió la farsa. Cuando se vio acorralado, dijo que iría a Compostela para recoger sus cosas y que pese a todo encontraría trabajo en el mismo pueblo en el que las carcajadas se escuchaban a varios kilómetros de distancia. Antes de salir aprovechó un descuido de sus padres para llamar a la madre de su buen amigo Santiago.

— Santi, llamó Román y dice que si quieres, te lleva él en su coche a Santiago para que puedas ir a ver a tu hermano

— Mamá, Román no tiene auto.

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