Locura literaria… Ciao Wolfgang Mozart

Finalmente acabé por perder el poco juicio literario que me quedaba. Lo digo por el último de mis trabajos en respuesta a un encargo de la Orquesta y Coro Nacional de España.
Las cifras y los hechos son mareantes para alguien que acostumbraba a resolver este tipo de trabajos en poco más de una tarde:

1. Nueve meses dándole vueltas en la cabeza a la forma, al contenido, a las posibles alternativas para el enfoque, para la idea de arranque, para encontrar ese primer párrafo que obliga al lector a seguir siendo eso: un lector que quiere, necesita, debe llegar al final.

2. Cancelar la cuenta del feisbuc a dos meses de la fecha de entrega; olvidar también el tuiter para no dejar entrar otra cosa; abandonar el blog propio a la deriva del silencio autoimpuesto… todo ello con el único propósito de no restar ni tiempo ni energía a lo que se hacía apremiante: romper el bloqueo literario que yo mismo me había atado al cuello para no dejar salir la voz. Ni la mía ni la de nadie.

3. Un viaje a Viena a dos semanas y media de la fecha límite para entregar un trabajo al que le faltaba el nudo y el desenlace pero, sobre todo, el principio.

4. Y por fin en la nevada Viena de marzo surge el texto. No es genial, pero tiene su gracia:

«Nunca podré saber si la música nació de modo casual o accidentado sobre el delicado fémur agujereado de lo que hasta aquel entonces había sido inocente cervatillo; ni si tal acontecimiento inesperado sucedió soplando al abrigo interior de una gruta en los albores de la prehistoria humana en una aburrida y nevada tarde de invierno. Pero si sobre ello tengo alguna certeza es que si el milagro ocurrió de tal modo, dicha cueva tendría que estar muy próxima a lo que hoy en día viene siendo la ciudad de Viena.
Precisamente fue allí, en la muy imperial y tantas veces gélida Viena, donde floreció mucho de lo mejor del arte musical del insólito Wolfgang Amadeus Mozart, un tipo al que tanto la ciencia como la neurociencia cognitiva no dejan de dedicar gran parte de sus estudios desde que tan improbable malabarismo intelectual pasó de la hermosa especulación abstracta al más severo, riguroso y plúmbeo de los procederes científicos»

Y una vez el primero y el segundo, entonces llegó el tercero:

«Que la neurociencia cognitiva intente comprender la captación de la belleza musical por parte del neocórtex cerebral de seres humanos, cebras o de las mismísimas cabras tiene para mí el mismo valor trascendente y contingente que las investigaciones en el ámbito de la captación neuronal de las papilas linguales en la degustación del chorizo de Pamplona».

El resto del texto, muy pronto en los programas de mano de la Orquesta Nacional.

Ciao, Wolfgang Mozart.

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