Monólogo sobre las conversaciones con David Foster Wallace

Fíjate que al final se ha publicado en español el libro Conversaciones con David Foster Wallace y, pese al revuelo mediático en blogs, webs y suplementos literarios, el libro es realmente excelente. Y sé que es excelente porque me lo he comprado —es que no me lo regalaron porque las entradas en este blog son irrelevantes para las editoriales y muy poco significativas por el número de seguidores— y, además, me lo he leído.
Precisamente su adquisición por los cauces reglamentarios por los que transcurre la vida entre mostradores y despacho de ejemplares del pobre y sufrido consumidor me autoriza en lo moral a no poner enlaces a parte alguna en la que se pueda adquirir tal título —búscate la vida, pues—, ni publicitar esta entrada más allá de los sonámbulos de siempre, despistados ocasionales y a los dos insobornables entusiastas de estas letras.

El libro, como ya dije, es excelente y me ha servido para constatar dos cosas que, de alguna manera, sospechaba. La primera de ellas es que hay dos clases principales de entrevistadores con una variante a modo de subproducto: los que quieren mostrar sus profundos conocimientos sobre el tema a cada pregunta y los que se piensan tan buenos con la caracterización del entrevistado que, cualquier día, nos sorprenden con cualquier disparatada novela de autor improvisado. El subproducto, como no podía ser de otro modo, es una mezcla pretenciosa e insoportable de ambos.
La segunda: que David Foster Wallace era, en realidad, su propia sobredosis y que sus disparatados, locos y verborreicos personajes literarios no eran otra cosa que una dolorosa parodia de sí mismo.

Además, he descubierto algo importante: que el proyecto de su novela inconclusa y póstuma El rey pálido era el supremo, inútil y último esfuerzo de alguien empeñado en salirse de sí mismo para convertirse al fin en otra cosa; el titánico y frustrado empeño de un escritor que quería abandonar el estilo y la voz que le dio fama y que se había convertido en un exceso, en un tic insoportable, la penitencia de una losa con la que caminó hasta que ya no pudo evitar ser aplastado. 

 

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