Para que el lenguaje no nos mate de pena

Además de para menesteres más íntimos y gratificantes, deberíamos usar la lengua de una forma más lógica y relajada. De poco sirve que nuestros hijos aprendan los rigores de un “pretérito pluscuamperfecto” cuando su uso termina siendo mucho “más que imperfecto” porque poco o nada saben de su sentido o su contrasentido. Así, resultaría más facil aprender el futuro condicional explicando que su uso (y hasta su existencia) está supeditado, desde ahora, a las condiciones que imponga Alemania.

Pero seamos todavía más simples: después de todo la gramática no es más que la sistematización de lo usos intuitivos del lenguaje —(¡cielos! Ahora que lo pienso Noam Chomsky ya decía esto, que existe una gramática natural y universal de la que hacen uso particular los diferentes lenguajes y esta es la que se enseña una vez asimilados de manera natural los modos y maneras de una lengua)—, lo que también quiere decir que un segundo debería cocinarse primero en los fogones de la práctica y después afianzarse con el estudio sistemático del ladrillo de su imposible gramática…

Pero seamos todavía más atrevidos para que el lenguaje no nos mate de pena pese a los nuevos modelos de eseñanza en tabletas retroiluminadas sobre la misma base de los retrógados esquemas de la abuela desdentada y su latiguillo interminable de la letra con sangre entra.
El lenguaje, ese armazón sobre el que edificamos nuestros sueños y justificamos nuestros fracasos y nuestras penas podría ser también algo divertido, pues es también sobre el que construimos los contrasentidos del humor sano y del sarcasmo despiadado, los arquetipos literarios y los mundos nunca antes pensados de la ficción desbordada en la loca fantasía.

Tal vez entonces, y únicamente entonces, podríamos pensar que cosas tan serias como las medicinas que nos endeudan —y en ocasiones también nos curan— podrían plantearse en nomenclaturas mucho más ricas y creativas: el Bisolgrip podría ser Gripal, más en sintonía con una gripe pillada en el transcurso de una orgía celebrada de forma improvisada entre dos corrientes de aire; el analgésico específico para los dolores de cabeza tensionales llamarse Cabezoneril o referirnos al Viagra con el más explícito Erectril o Elevazol, este último, sin duda, mi nomenclatura favorita para tan elavados fines.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Albino Mallo dice:

    Creo que este tema ya te lo he comentado. Estudé gramática en mi bachillerato y el resto de mi vida me dedique a practicarla y al resultado fueron seis libros y 50 años de periodismo.
    Eso quiere decir que yo se gramática, tanto gallega como castellana, pero solo sale a relucir a través de mis escritos

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