Ray Bradbury se fue de su finca marciana

Ahora que Ray Bradbury se fue para siempre de su finca marciana se me ocurren algunas situaciones para poder estar aún más triste si cabe, como el incremento en las ganancias que para sus editores supondrá su huida del mundo de los vivos. También el incremento —aún mayor— de ese ente abstracto, esa entelequia quasi fantasmal que ha dado en llamarse “el distribuidor”—ese nuevo vampiro— del que únicamente podemos decir que si un libro cuesta cien, él se lleva sesenta.

Dejando al margen a quienes mejor viven de los cadáveres literarios, digamos ya que a Bradbury todo el mundo se empeña en recordarlo por su Fahranheit 451 y menos por su Crónicas marcianas. Aunque el primero es un gran libro, debo decir que siento una especial predilección por el segundo, del que todavía recuerdo el acontecimiento y la fiesta que supuso su primera lectura en las más profundas callejuelas de mi cerebro. Crónicas marcianas demuestra claramente que Bradbury no era un escritor de ciencia-ficción: para mí es un texto del género costumbrista; eso sí: el costumbrismo, las escenas cotidianas, esa vida de todos los días, con sus cosas y pequeñas miserias, tienen la particularidad de suceder en Marte aunque muy bien podrían acontecer en cualquier otro patio de vecinos.

Tampoco olvido su Zen en el arte de escribir, una lección magistral a quienes viven intoxicados por el veneno de la escritura y buscan una explicación a su delirio así como toda una bomba contra el subgénero “autoayuda literaria” para ambiciosos principiantes y del tipo “escriba en una novela en tres semanas” o “ponga aquí otro diálogo inolvidable”…

Un pensamiento en “Ray Bradbury se fue de su finca marciana

  1. Javier. Creo que si se habla mucho de su Faranhait 451, es sobre todo por la magnífica película que hizo Truffaut. Y especialmente los de mi generación que no estábamos acostumbrados a ver un argumento de ese tipo. Creo que más de uno quemamos bastantes libros.
    Estoy d acuerdo contigo sobre las Cronicas Marcianas, su obra cumbre y reconozco que no tuve oportunidad de leer Zen en el arte de escribir.
    Pero los editores de todo el mundo, que defines muy bien, aprovecharan la muerte del escritor para sacar segundas, terceras e infinésimas ediciones, pues el negocio continua e incluso, lamentablemente para el escritor, igual que para el pintor o el músico, la muerte lo agranda

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