Los difuntos descansan tranquilos, pues dice la Academia que Franco no fue un dictador…

Ahora que la Academia de la Historia anuncia de modo contundente que el general Franco no fue un dictador y no se hable más del tema joder caramba, quisiera expresarme por primera y última vez sobre tan peculiar personaje y con todos mis respetos hacia los pobres difuntos —Dios los tenga en su eterna y aburrida Gloria.

A Franco —ese señor que gustaba salpimentar y amenizar sus discursos con aquello del “contubernio judeo-masónico”— cualquier día lo canonizan en Roma, en donde por cierto el Papa Benedicto XVI ya ha pedido perdón a los judíos por el “dejar hacer” de Pio XII y su escandaloso silencio ante el genocidio de judios, gitanos, homosexuales y transexuales en los campos de exterminio nazis. Franco, como hombre de fe, no iba a mantenerse alejado espiritualmente del Concordato firmado entre el Vaticano y el Tercer Reich. Únicamente se apartaba de Roma cuando tenía que ajusticiar a alguien, cosa que solía ocurrir los lunes, miércoles y viernes y alguna que otra fiesta de guardar, que por aquel entonces eran muchas.

Como elegido directamente por el dedo de Dios e investido por la “infalibilidad del Papa”, se supone que a través de ese señor con gafitas de mariquitería que fue Pio XII el Todopoderoso esperaba que su “pueblo elegido” fuese exterminado por medio de distintas formas y variadas facetas: gaseados, fusilados o quemados vivos, amén de otras sutilezas ideadas por Himmler o el inefable doctor Mengele, mientras en España se pasaba tanta hambre que los niños habían aprendido a masticar con los párpados las sobras del año pasado.

A los españoles nunca les han gustado los judíos, pueblo que fue expulsado como tal de aquella península católica y sentimental hace cientos de años. A los españoles tampoco les gustan los negros, los portugueses, los gitanos, los americanos, los rusos, los rojos, los verdes, los amarillos, los azules, los nacionales, el ecologismo, la deconstrucción o la democracia… en realidad ya no sé si es que todavía queda algo que les guste a los españoles además de la siesta, la tortilla y el sagrado deber patrio de poner a parir a otros españoles mientras se nos pasa la vida contemplando cómo se nos vienen apuestos recortes.
Lo que sí queda claro hasta ahora es que, además de idiotas, los españoles tenemos unos académicos historiadores que son una puta m. y el hazmerreir de su gremio. Y es que no hay peor ciego que el que no quiere ver.
Amén

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