Afloja el ceño: Mozart, Vanhal y Beethoven parece que sonríen (I)

La vida puede ser una pesadilla. Que se lo digan a Wolfang Amadeus Mozart, que escribió la feliz Sinfonía núm. 35, en re mayor, K 385 para festejar el ascenso social del hasta entonces burgomaestre Siegmund Haffner en 1782, mientras Mozart —sobrecargado como siempre de trabajo con el que ni siquiera era capaz de llevar adelante a su propia economía familiar— se veía obligado a sacar fuerzas de flaqueza para finalizar el encargo mientras escribía a su padre “en fin, yo la escribiré, aunque sea por la noche, si no no terminaré nunca; que este sacrificio sea por usted…”.

O a Beethoven, que cuando compone su ligera y entusiasta Sinfonía núm. 4, en si bemol mayor, opus 60 en 1806, y a pesar de vivir entonces la promesa efímera de un romance, ya su sordera llevaba cuatro años atravesada en su destino, una sordera que, digámoslo ya, es todo un inconveniente para el desarrollo de una profesión como la musical, en la que los defectos del oído no están precisamente bien considerados.

Tampoco le fue mucho mejor al bueno de Johann Baptist Vanhal (1739-1813), quien pasó buena parte de su carrera profesional saltando de depresión en depresión y sin el amparo de toda una industria farmacéutica. Pero de todo esto deberíamos sacar las correspondientes enseñanzas, entendiendo que tal vez no hemos sabido comprender estos mismos tiempos que padecemos en los que la palabra crisis parece escribirse con la primera letra de todos los comentarios. Y podría parecer algo extraño pretender precisamente ahora dejar atrás la prisa, la infelicidad y la náusea; pero eso es precisamente lo que hoy como anfitriones nos exigen Mozart, Vanhal y Beethoven, quienes a pesar de sus ruinas, sus penas y sus desgracias parecen sonreírnos desde el cuadrilátero insólito del escenario del concierto.

Porque el mundo, nuestro mundo, está en crisis. Pero es una crisis que se inició desde mucho antes de la primera huella de algo que remotamente pudiese denominarse como homo sapiens sapiens —y es casi seguro que nos sucederá cuando, como especie, nos hayamos extinguido. No podemos preguntar a los dinosaurios por sus crisis vitales, porque fueron éstas las que los extinguieron; tampoco por las de los neandertales a los que el sapiens sobrevivió para vivir sus propias crisis mucho más prolongadas en el tiempo.

Tampoco podemos preguntar a Mozart o Beethoven si tienen una opinión al respecto sobre todo esto, pero desde luego sí que podemos rastrear en sus vidas las huellas de las crisis sociales, económicas y políticas que vivieron. Claro que los modos en los que las padecieron fueron ciertamente diferentes a lo que tenemos que vivir y soportar no sotros. Tal vez lo que los distingue a ellos de nuestros padecimientos es que no tuvieron que aclimatarse a los vaivenes de las primas de riesgo, las incertidumbres políticas, o los intereses del crédito cuánticamente variables.

Escuchando el empuje y la fuerza, la exaltación vital de una sinfonía tan acabadamente perfecta como la Núm. 35 de Mozart es difícil imaginar que entonces las crisis que asolaban el entorno del autor se llamasen gripe o viruela, cólera o incluso peste. Incertidumbre económica, hambre, guerras interminables o la desdicha de un devenir del gusto de un nuevo público que poco o nada tenía en común con la nobleza, el poder político y el del clero que hasta entonces habían sostenido la creación de música culta en cortes y capillas. Son las crisis, la hambruna y las miserias sociales que acabaron por llevar a un rey y a su real familia ante el acero helado de la guillotina.

Lo que nos enseñan las huellas que la historia ha ido dejando en esto que hemos quedado casi todos en llamar arte es que ni somos tan únicos, ni resultamos tan especiales; tampoco que nuestros padecimientos sean algo único e insoportable. Se lo podemos preguntar a Beethoven, una vez que encontremos la equidistancia con el entusiasmo en el que se desenvuelve con su Sinfonía núm. 4, y no olvidar que allí estaban las guerras napoleónicas en una Europa en permanente crisis, una Europa que creíamos inexpugnable y eterna pero cuya configuración geográfica, política y económica se asemeja más a la historia evolutiva de una peligrosa y corrosiva medusa a la deriva de las corrientes marinas.

La Viena de Beethoven es también la Viena de una inflación galopante, la del hambre pero también la de la belleza infinita e inacabable. Es la historia de un invierno ruso que se abalanza sobre sus enemigos congelando sus ansias de conquista y que cien años más tarde volverá a repetirse con el asedio, una vez más, de un pueblo alemán que pese a sus pérdidas y sus guerras, no se da por vencido en su deseo de conquistar una Europa que cree suya. No vayamos tan lejos. Cuando entramos en esto de la música, cuando nos sorprendieron los Bach, los Mozart, los Beethoven, los Wagner o los Chaikovski únicamente sentíamos la fuerza que latía en sus creaciones, en sus composiciones. Era un impulso irresistible que nos alejaba de cualquier posibilidad más allá del entretejido musical que brotaba como hojas y ramas desde los alambres del pentagrama. Tal vez éramos mucho más jóvenes y, como tales, podíamos pensar en muchas más cosas que en esta cosa asquerosa en la que se ha convertido el dinero.

Puede que Beethoven tuviese miedo. Miedo de que una enfermedad que ahora curamos con unos simples polvos disueltos en medio vaso de agua que brota limpia y cristalina de los grifos de nuestras casas acabase por cercenar la posibilidad de terminar su gran obra musical; miedo de no encontrar patrocinador para su próxima sinfonía y tener que ganarse la vida dando clases de piano o de composición a una señorita despreocupada y ociosa de la alta burguesía.

Porque siempre hemos estado en crisis. De hecho, la historia del ser humano es la historia de esa crisis interminable que, por otro lado, es la que nos empuja a seguir adelante aunque, en ocasiones, no hagamos otra cosa que pensar en sus terribles e inciertas consecuencias.

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