Desconcierto

(para Alejandro Sanz Redondo)

Horita de lo más conveniente. La del concierto. El tiempo suficiente para cerrar sus oficinas, sus negocios, sus despachos, despedir a sus amantes, sus maridos, sus mujeres, sus niños, su todo, y de un salto a ritmo de bocina plantarse en su butaca de toda la vida en el auditorio municipal. Todos allí sentados, con significativos disfraces dispuestos a olvidar la mierda, toda la mierda de su vida. Se saludan en los pasillos, pero Pepe cuánto tiempo que no te vemos ven a cenar cuando quieras Maruja québien te encuentro y sabes que a Marta se le ha muerto el marido de una embolia y ya ves que suerte que el pobre se ha ido sin saber lo de su mujer con Paco bueno cuatro sobresalientes más y Pedro será abogado trabajará con su padre en el despacho y el año que viene se casará con la hija de Paquita que debe estar encomendada a buen santo que se lleva un chiquillo con futuro no te veo desde hace semanas y no sé por qué no me llamas sabes que tu miedo no me da miedo el cobarde eres tú que no tienes valor para continuar con lo nuestro supongo que habrás grabado el partido de ayer porque yo no lo he podido ver, y todas esas cosas antes del Bruckner del muy destacado maestro de la Argentina Pompilio Firmo.

Pero antes los años de conservatorio, los estudios con todos aquellos cacharros, las broncas con papáy con María, novia y amiga, ocasionalmente amante, los fines de semana con diferencia. Aquellos bongos africanos, el palo de lluvia o las escobillas con los pelos de punta con los que pasaba el día y algo de la noche. Hay que estudiar, le decia su padre, que no dejaba de gritarle deja esos ruidos y mejor algo de piano, con sus conciertos para solo, allí el público de un lado y tú al otro, que mucho más dinero y esas cajas de ruido no les interesan a nadie, lástima que no tengas la voz de tu madre, y seguía así mientras ritmos africanos y percusiones locales hacían imposible el silencio de la casa.
Luego la lengua musical, como la materna pero con aquellas cagarrutas de mosca sobre los raíles del papel y que este ritmo se escribe sí, y eso que tocas se concibe asá y entonces la impaciencia, los nervios y qué más da pero no ves que hay que ponerse de acuerdo con el resto y si no haber cómo tocas los bombos en la orquesta es que a mí lo que me gusta es el rock y entonces otra vez los gritos y qué pena que no tengas la voz de tu madre.
Y entonces llegaron los estudios en serio, y el conservatorio que se te va tragando y que hasta el culo de pequeños grupos de cámara, menos mal que música del otro día, que lo otro sabe a viejo y el ritmo es un murmullo que marcha bajo tierra entre aquel vergel de violines y trompetas floreciendo por todas partes, y todos con los ojos en blanco de puro místico que se aparece el sonido. Y luego los conciertos, después de una plaza como premio a tu ritmo de maraca en la Sinfónica Municipal de Macado con sus conciertos a y media, horita de lo más conveniente, ya digo.

«El muy destacado maestro Pompilio Firmo, de la Argentina, rendirá homenaje a Bruckner en el centenario de su óbito en el concierto que esta noche dirigirá a nuestra querida Sinfónica en el Auditorio Municipal. El maestro Pompilio es una de las más destacadas batutas de su generación y sus grabaciones son muy apreciadas por los más exigentes melómanos. Don Eusebio Santos Lorenzo, presidente de la Asociación de Amigos de la Música de Macado y flamante especialista en etimologías además de destacado crítico musical colaborador de El Ideal de Macado, declaró sentirse orgulloso que el maestro Pompilio Firmo se encuentre entre nosotros para ofrecer esta séptima sinfonía de Bruckner, compositor austríaco autor de ocho sinfonías y media, del que este año celebramos el centenario de su desaparición». (El Ideal de Macado, 23 de septiembre de 1993)

Si ya lo decía papá, qué pena lo de tu voz. Mira qué riqueza de armónicos la de tu madre. Si es que sales a mí, ahora podrías ser cantante y todos vendrían a escucharte. Escuchar sí que me escuchan, lo que pasa es que esta séptima lo único que tiene es un platillo y un triangulito, y además una nota en toda la obra, allá por el segundo movimiento. Si miras la partitura lo ves, aquí está, todo números para ir descontando compases hasta que llegas a la cagarruta, allíen medio, como para cagar largo y tendido y después no encontrar, o no tener, con qué limpiarse.
Pero luego y todo tenías que ponerte con ello. Igual que los violines y las tubas wagnerianas, igual de esfuerzo previo pero con menos trabajo. Preparar el material, y luego la concentración, tantos compases que vas contando o descontando, según, hasta lo de la cagadita en el papel que indica que es tu turno. Y entonces lo del platillazo, sobre la cúspide de aquella intensidad sinfónica. Nunca antes, ni se te ocurra después. Como que va discurriendo el tiempo, y tú lo ves llegar, como por los railes de un tren. Y cuando llega esperas ese segundo que es tu segundo, y te lo calzas con un golpe intenso, lo cazas juntando con fuerza los dos discos de metal, y entonces ese instante en medio de ambos, atrapado y sin salida, que no vuelva. (© Javier Vizoso, 2011)