Hijos de la Ilustración, padres de la incertidumbre (I)

Somos hijos de la Ilustracción, aquel despertar de la razón que en el siglo XVIII convirtió en idénticos los múltiples saberes que la Encyclopédie de Diderot y D’Alembert consiguió reunir en cómodos y muy manejables volúmenes, pacientemente escritos entre 1751 y 1772. Entre otros disparates, el ser ilustrado significaba saber un mucho de todo para utilizar en un casi nada de nada. En otras palabras, venía a signficar el sueño del hombre del renacimiento pero por obligación universal y certificado de asistencia: nacía la educación reglada, en la que los muchachos debían mostrar idéntica predisposición, buena voluntad y capacidad intelectual —algo categóricamente refutado como imposible por la neurociencia cognitiva— en todas las áreas del conocimiento: matemáticas, latín, lengua, literatura, geografía, historia, física, química, filosofía… sin descuidar por ello el cultivo del cuerpo a través de la gimnasia en sus múltiples, variadas y muy competitivas facetas.

Nosotros, hijos de aquellos hijos que fueron hijos de los hijos de aquella Ilustración absurda y disparatada ya sabemos, al fin, que todo aquello que estudiamos y que sufrimos desde nuestro ingreso en la escuela hasta bien entrada la etapa universitaria servía, básicamente, para nada. Lo que, además, sí sabemos es que si somos hijos de la ilustración somos, además, padres de la incertidumbre, esa deriva sobre la que nuestros hijos navegan hacia su improbable futuro.