Un san Juan de maravilla

Separado de su articulación a la altura del hombro, el brazo de Sonia podía utilizarse como rascador de la espalda o incluso para desatascar de urgencia el retrete del baño. Sin embargo decía no tener dolor alguno, algo que sin duda podía explicarse por el olor a martini seco que le ardía en el aliento.
A Marta tampoco le dolía la rendija inesperada que alguien le había abierto como una ventana a este lado de su cara con el roto de alguna botella, quien sabe si tal vez la misma del martini de Sonia.
Una compresa de gasa que apretaba contra su mejilla parecía contener los borbotones de sangre que inicialmente le habían estropeado el blanco de su blusa.
La laca rancia de las uñas contrastaba con la edad de la muchacha, que había nacido justo después de habérselas pintado. Estaba optimista, y pidió que no se le cosiese la herida. Pensé que era mejor tranquilizarla cuando se la llevaron para zurcirle la herida: “Tranquila, muchacha, si lo ves oportuno pide que llamen a Balenciaga, y si aún así no te gusta el resultado siempre podrías dejarte barba”.

Carlos Bruño había vuelto a nacer cuando recuperaron el esquema previo de su cadáver tras sobrevivir a una caída desde cinco metros sobre el arenal de la playa. A sus escasos veintidós años podía presumir de tener la suerte de haberse sobrevivido a sí mismo. Pero no dejaba de temblar y me pidió si no era mucha molestia que le diera conversación, pues se aburría sobremanera de esperar inmóvil tendido sobre la camilla el certificado de que efectivamente todavía seguía vivo.

Jacinto del Valle esperaba turno mientras se asfixiaba consigo mismo. Había llegado a urgencias del mismo modo en el que vivía: sólo y sin ayuda en un pequeño apartamento en uno de los barrios portuarios. El pantalón del chándal y las zapatillas de casa contrastaban con la zamarra de descargar pescado de los barquichuelos marineros del puerto. “Para un tipo como yo, muchacho, el cigarro es en ocasiones el único compañero”. Lo decía un tipo cuyas arrugas del rostro parecían sacadas a martillazos del mármol, una de esas caras de tipo duro acostumbrado a hacerse los bocadillos de la merienda untando cemento sobre el pan reseco de una barra. “Estoy muy fatigado, dijo, desde hace tres días que no respiro como debiera”. Y era toda una sorpresa, pues aquél tipo duro no parecía necesitar otra cosa para respirar que el acostumbrado monóxido de carbono de su cigarro.

Y poco más allá de todo esto el alarido de un lavado gástrico de emergencia e inesperado nos recordó a todos los que convergimos vidas y circunstancias en aquellas urgencias hospitalarias del Chuac en la noche de luna corta del san Juan, que por aquél cruce deambulaban tanto los que desesperadamente buscan un remedio para su desgracia como los que por por desgracia buscan un remedio para ser desgracia ellos mismos.

Después de aquellos apocalípticos estertores, una limpiadora que entre vómito y vómito pasaba por allí recordó con pausa enfática lo terrible que era perder el criterio: “aquí hemos visto todo tipo de barbaridades, desde el que salta al vacío hasta el muchacho de treinta años que se autoamputa los huevos”.

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