Música y poesía (o el día que ganó el más pulcro de los relojeros)

En nuestro próximo encuentro con los difuntos pediremos a Michel Foucault que se anime a trazar de una vez por todas la arqueología (o la genealogía) de una vieja dicotomía que parece preocupar únicamente a quienes gustan sobremanera de la música: ¿primero la música, después la palabra? De todos los aficionados al arte, los de la finca de lo musical parecen los únicos preocupados en mostrar una y otra vez la supuesta superioridad del objeto de sus extraordinarios amores. Algo así como si fuese imprescindible justificar de alguna manera toda la inversión económica necesaria en el que, tal vez ya se haya dicho en alguna otra parte, es uno de los disfrutes artísticos más caros de todas las artes.
Y si convocamos aquí a Foucault no es por capricho. Como buen postestructuralista, al pensador francés se interesa más por mostrar el cómo se construyen los usos del lenguaje que por las cosas mismas que éste designa; o lo que es lo mismo: le preocupa más el proceso de elaboración necesario para establecer qué es un detritus que la consistencia y propiedades reales de la mierda misma.
Claro que también podríamos convocar aquí a Jacques Derrida, enfant terrible del pensamiento y padre soberano de la deconstrucción —a pesar de fumar en pipa— esa teoría que, al contrario de lo que el común de los mortales piensa, no trata de sustituir lo que es un todo por la suma independiente de sus partes, sino que trata, más bien, de criticar las nociones de conocimiento objetivo de las que tan seguros nos sentimos.
La dicotomía palabra/música o música/palabra podría gustar mucho al movimiento teórico de la deconstrucción, que se puede definir de un modo sencillo como una “crítica de las oposiciones jerárquicas que han estructurado el pensamiento occidental: dentro/fuera, mente/cuerpo, literal/metafórico, habla/escritura, presencia/ausencia, naturaleza/cultura, forma/significado”, como muy bien explica el profesor de literatura comparada Jonathan Culler en su recomendable librito Breve introducción a la teoría literaria.
Si algo nos ha enseñado la deconstrucción derridiana es que “deconstruir una oposición significa mostrar que ésta no es natural e inevitable, sino una construcción producida por discursos que dependen de ella”, explica Culler. Habrá que ver por tanto qué discursos dependen de esa oposición entre música/poesía y qué beneficio, qué ventaja sacan de ella.
Desde luego no será el beneficio de los poetas, siempre preocupados por la musicalidad —o por la ausencia de ella—, empeñados en mostrarnos los bordes del ridículo marco que encuadra nuestro lenguaje y enseñándonos a ver a través de ese marco para poder llegar a percibir una realidad diferente, en ese empeño permanente de la poesía por pensar aquello que nuestro lenguaje no había previsto.
Tal vez esta construcción de oposiciones jerárquicas interese mucho más a los teóricos, una vez que su vieja y trasnochada definición de la música, «el arte de bien combinar los sonidos en el tiempo», convirtió en artista al más pulcro de los relojeros.

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