Escenarios del arte: entre el agua de Lourdes y la papelera del parque

Si algo he aprendido en todos mis años de estudio es que no he aprendido nada. O lo que es lo mismo, que me ha llevado media vida comprender el sentido de aquel tópico socrático del “sólo sé que no sé nada” que de pequeñitos algunos aprendimos de memoria y que recitábamos después de la merienda triste de aquellas tardes grises sin reloj, sin entender ni un ápice de qué carajo quería decir con aquello un señor de barba blanca envuelto en una sábana.

Pero quizá todo ese aprendizaje no fuese totalmente estéril, ya que me ha permitido comprender que el arte no nos hace mejores. Tampoco peores. Lo cierto es que el arte, en realidad, no nos hace nada, más allá de obligarnos a gastar algún dinero que podríamos haber empleado en reducir el astronómico saldo de una hipoteca de permanente interés variable de cómputo cuántico cuya evolución nunca deja de sorprendernos.

El arte queda bien en las conversaciones con personas fácilmente impresionables, a las que siempre es preferible mostrar agudeza e ingenio propios: mejor sacar algún parecido entre las voluptuosas curvas de las orondas sílfides de Rubens y la flácida turgencia del pene místico de San Francisco, que molestar con la plegaria de fechas en las que los historiadores no se ponen de acuerdo para establecer en qué franja de tiempo emparedar de una vez por todas el barroco tardío, que para el caso tiene la misma utilidad y trascendencia que el trazo en el tiempo de la evolución de las tallas de las bragas de la ya octogenaria pero todavía virgen tía Francisca.

El arte está bien, ahora que además se han relajado mucho los criterios de admisión en tan exclusivo club, muy en la línea posmoderna de esa revolución deportiva en la que el encofrado intensivo y el punto de cruz tienen tantos méritos y derechos para convertirse en deportes olímpicos como el dominó del bar a las cuatro o el tenis de mesa practicado en calzonzillos.

Pero el arte también tiene sus absurdos, no crea. Hay pianistas empeñados en interpretar a Scarlatti al piano, que es algo así como pretender hacer punto de cruz con guantes de boxeo, mientras algunos compositores pasan más tiempo defendiendo su libertad creativa que ejerciendo como tales, tal vez más preocupados por justificar su trabajo pese a la existencia anterior de Bach, Mozart, Beethoven, Wagner, Mahler, Schoenberg, Stravinski, Messiaen o Boulez.

Pero lo más absurdo del arte son los escenarios en el que me lo tropiezo. Así como la música acostumbra a presentarse a última hora de la tarde, en esa hora de nadie en la que ni se trabaja ni se cena, siempre con sus acomodadores de sala y sus programitas impresos, la arquitectura está todo el día en la calle, aguantando la lluvia, el viento, el frío, la nieve y un sol que se descojona de gozo con cuarenta y cuatro grados a la sombra, mientras la pintura se esconde en la nevera de museos que huelen a muerto y que se visitan con la misma devoción con la se viaja a un santuario. Para el caso es lo mismo: unos regresan con la reproducción a escala de un cuadro de Tiziano y otros con el agua bendita de Lourdes que, bien mirado y con un poco de confianza, podría servir para lo mismo que una aspirina o la mismísima viagra.

En este justo panorama de espacios ahora puedo encontrarme con un libro asustado en un cubo de la basura del parque, agazapado tras una monda de plátano bajo el resto de un refresco, víctima silenciosa de un movimiento social cuyo nombre no hay dios capaz de recordar y que probablemente acabará pronto tan muerto como el Betacam o el VHS.

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