Estas navidades tan locas (o lo que Gas Natural esconde)

El siguiente texto es el fruto de un encargo realizado por la empresa Gas Natural-Unión Fenosa a Javier Vizoso y que jamás llegará a ver la luz como programa de mano del concierto de fin de año que patrocina esta empresa en A Coruña. Gas Natural no comparte de ningún modo esta descripción del periplo navideño y ha optado por encargar un texto políticamente correcto, más acorde con la imagen que le gusta dar a sus clientes esta empresa con la que muchos calentamos nuestras casas. El artículo, que he escrito por encargo y no cobraré, trae a mi memoria algo que ya dijo ese gran cronopio que fue Francisco de Quevedo y Villegas: “quien escribe para comer, ni escribe ni come”.
Ya nadie quiere acordarse de Dios en Navidad, esos quince días de parranda en los que precisamente celebramos, entre licores de plátano, turrones y pavos degollados, el cumpleaños de un niño de más de dos mil años. Pese a este imperdonable olvido, todo Occidente parece querer renovar su ilusión por el cambio con el deseo universal de un mundo mejor, aunque para ello sea necesario el ejercicio de la siempre incómoda rehabilitación familiar y el obligado saludo a con quien desde hace meses ni nos hablamos. Y seguimos convencidos en que por fin, en esta Navidad, consolidaremos definitivamente nuestro amor al prójimo y la esperanzada esperanza de un futuro mejor tan pronto empiece el nuevo año, y todo ello cuando sabemos de antemano que cuando terminen estas fechas locas, lo único que se renueva es la gastritis y el sobrepeso.
Nuestra Navidad transcurre entre comidas y cenas, sin olvidar esos regalos al pie de un árbol del que cuelgan adornos diversos y largas hileras de coloreadas luces parpadeantes, mientras olvidamos a aquellos que únicamente pueden decorarlo con el dorado del sarro y las luces de su mal aliento. Son esos niños a los que Papá Noel tan sólo les trae remiendos para unos abrigos que todo lo más les sirven para cambiar de sitio el frío; unos niños que con tanta hambre acumulada han aprendido a masticar con los párpados el pan sobrante del año pasado mientras su estómago hace eco con el viento.
Pero pese a este espantoso contraste y a la terca contradicción de esta época pasajera, algo debe esconder la Navidad para conciliar durante quince días la marcha loca de nuestra vida con la calurosa compañía de los buenos sentimientos, ese algo que tal vez explique por qué el número de suicidios no se incrementa en este tiempo: manchar de sangre el impoluto y bordado mantel blanco de las fiestas de la abuela no deja de ser tan inapropiado como una grosería amargarle la noche a los muchachos de la funeraria.
Para este estado de ánimo tan especial la Navidad cuenta con su propia banda sonora: músicas que se han convertido en mensajeras de la paz y el amor que dicen colmar los corazones de la gente. Se trata de unas músicas tan estrechamente identificadas con esta fecha que terminan por convertirse en algo de mal gusto fuera de ella: sintonizar la extasiada alabanza al recién nacido en las bocas de cien voces en plena canícula veraniega es para nosotros tan insólito como invitar a un pobre a nuestra cena y pedirle que para el marisco se encargue él mismo de traer el vino y que no olvide dejar sobre la mesa una suculenta propina a la camarera.

Un excelente compendio de esta contradicción que cada año regresa con la Navidad a nuestras vidas puede ser el ballet de Chaikovski El Cascanueces, basado en el cuento de hadas El cascanueces y el rey de los ratones de E.T. A Hoffmann, adaptado por Alejandro Dumas. La historia de la pequeña Clara que, tras la decepción inicial de que no haya regalo para ella acepta el Cascanueces en forma de soldado que los demás niños no quieren puede muy bien resumir la feliz fatalidad navideña: el denostado Cascanueces adquiere un nuevo brillo en las manos de Clara que despertará la envidia y los celos de su hermano Fritz, que lo romperá con toda su rabia. Hasta aquí la parte de las pasiones humanas. Con la llegada de la medianoche entrará en juego la magia: cuando Clara baja a hurtadillas para contemplar a su ya reparado Cascanueces se desata una guerra improbable entre las hordas de los ratones y las tropas del Cascanueces, que sale en defensa de su nueva dueña. Tras derrotar al rey de los ratones, el Cascanueces se convierte en el príncipe soñado. Efectivamente el Cascanueces, entonces, es el mejor símbolo de esta pesadilla navideña: la decepción del regalo que no llega, la envidia y los celos por los regalos del prójimo, la febril imaginación de los niños, la transformación de los espíritus y los cuerpos…

Claro que también hay otras formas de explicar la Navidad, en esa mezcla de exaltación del cambio y la renovación de la esperanza: es la Navidad tradicional que canta Arthur Honegger en su Cantata de Navidad. Honeger pertenecía al llamado grupo Le Six, pero por su espíritu y su carácter, nunca pareció demasiado entusiasmado de pertenecer a ninguna cosa y jamás hizo esfuerzo alguno por parecerse a lo que, supuestamente, tenía que parecerse para formar parte del tal grupo.
Más bien al contrario. A él le entusiasmaba el espíritu de las grandes obras corales de Johann Sebastian Bach, ánimo y aroma que se recoge en el estilo grandilocuente y al mismo tiempo cálidamente melódico que se puede escuchar en la que pasa por ser la última de sus grandes obras, esta Cantata de Navidad, sobre textos populares y bíblicos, escrita a poco más de un año de su muerte. El débil corazón de Honegger se paró, en 1955, a treinta días del periplo navideño, mientras en el mundo se renovaba el ánimo para el disparate de otra nueva navidad. Tal vez Honegger había comprendiendo que no era cuestión de llegar tarde a su propio entierro, haciendo honor a algo que él mismo se encargó de anticipar, cuando señaló que el primer requisito para ser un gran compositor es estar muerto.
Esa misma exaltación del espíritu es la que anima su Noche de Navidad, música y textos del compositor y violinista Gabriel Bussi, miembro desde hace años de la propia Orquesta Sinfónica de Galicia. Su forma de entender la Navidad es más bien ecuménica: es una fuerza la que se renueva en estas fechas, una forma de esperanza que Bussi quiere reflejar en las voces de los niños.
Alguien ha escrito en alguna parte que la navidad es de los niños, esos seres indefensos que en esta época del año son felices porque todavía no saben leer la mala letra con la que la vida escribe la tristeza en los ojos de sus mayores, que no son otra cosa que niños estropeados.
Pero también hay adultos —esos niños que el paso del tiempo ha estropeado— como Gabriel Bussi, alguien que a la adversidad de la vida responde siempre con una gran sonrisa en la que el desánimo se estrella sin remedio; tal vez porque él es también un niño que, a pesar de haber crecido, no puede ni quiere leer esa letra torcida con la que la vida escribe sus cicatrices.
Llegados a este punto, alguien podría preguntarse qué demonios pintan las Canciones Xacobeas del compositor turolense Antón García Abril en un programa dedicado a la parranda navideña y quizá piense que se trata de algo así como un contrasentido programático en la misma línea de un sastre empeñado en recortar con tijeras de papel la contracostura de una tela. Pero digamos ya que nada es menos cierto pues el Xacobeo no es otra cosa que esa magia mundana que consigue que todo el año sea Navidad en Galicia.
Este ciclo de canciones, del que esta noche se escuchará una selección de cuatro, representa el universo anímico gallego por medio de un delicado lirismo tonal y un cristalino tratamiento orquestal que habla muy bien de esa Navidad especial que durante un año siembra el Camino Xacobeo.

6 pensamientos en “Estas navidades tan locas (o lo que Gas Natural esconde)

  1. En este mundo de hipocresía que adornamos con espumillón y luces intermitentes de colores durante 15 días al año, los que más tienen y pueden compartir, no son capaces de reconocer cuando alguien refleja por escrito la verdad de una costumbrista sociedad que tradujo sus creencias en simples mercaderías.
    Estos “señores” del gas podían aportar algo de luz a la vida de mucha gente que lo necesita y dejarse de falsedades y medias verdades reconociendo que el que ha escrito ese programa de mano es un genio literario.
    Una vez más, sr. Vizoso, ¡es usted un genio!. Con cariño, Nuria

    • Hola, Nuria. Le agradezco mucho sus más que generosas palabras. Lo cierto es que no estoy habituado al elogio y no sé muy bien qué hacer con él. Lo mejor de todo es saber que hay gente interesada en lo que uno escribe y también en el modo en que lo escribe. Y esto es precisamente lo que hace que empeños tan solitarios como la literatura tengan, finalmente, algún sentido.

  2. Felicítoo polo texto e na súa exposición dos feitos eu diferenciaría dúas cuestións. O texto é unha encarga realizada e entregada e polo tanto debe ser pagada, outra cuestión diferente é que Gas Natural o considere ou non apropiado para a súa imaxe empresarial. Supoño que as empresas nesas datas procuran un “borrollismo empalagoso” e non textos concienciados.
    Tamén parabéns sinceros polo título do blog, paréceme magnífico.
    Compartireino.
    Benvido á blogosfera!

    • A Profa. Tiene razón en las dos cuestiones. El texto era un encargo y no se pagó. Pero lo que a priori podría ser un problema terminó por convertirse en una ventaja: aunque la propiedad intelectual siempre es del autor, como en este caso no se ha producido transacción económica alguna, tengo la absoluta libertad de utilizar mi texto como considere más conveniente. Gracias por sus comentarios sobre el blog. Intentaré mantenerme a la altura de las espectativas…

  3. Claro que politicamente incorrecto. Ás multinacionais convenlles crear un ambiente en positivo, aínda que sexa enmascarado de cartón pintado e iluminado por luces cutres que se apagarán o día 7. Claro que politicamente incorrecto, pois non convén que se nos acenda esa luz interior que nos diga “que noxentos consumistas somos!”.
    Parabéns polo blog e longa vida. Que sobreviva con boa pluma á eternidade!!!

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