La persona deprimida (I)

A la memoria de David Foster Wallace

Había descrito la depresión en su relato La persona deprimida como nunca nadie antes lo había hecho. Tal vez ya estaba deprimido cuando lo escribió. O quizá no, pero unos años antes de su suicidio había pedido que lo ingresaran en una unidad de vigilancia hospitalaria porque no se encontraba con fuerzas para dominar su pulsión suicida.

Como millones de personas, David Foster Wallace se había encontrado cara a cara con la sensación de fracaso existencial y la depresión no es más que la respuesta del organismo ante esa certeza que te derrumba cuando descubres que llevas una vida que ya no es la tuya, o que no sientes como tuya. Que todo se contradice con lo que habías planeado para ti; incluso has llegado a un punto en el que eres incapaz de recordar qué es lo que habías planeado y dudas de si realmente habías llegado a planear cosa alguna. Todo se detiene. Tú te detienes. Ahora eres incapaz de dar un solo paso.

El psiquiatra le diría que es bien poca cosa: un escritor de éxito, reconocido por la crítica y admirado por el público más informado. Es cuestión de cansancio. Tiene que darse más tiempo, disfrutar de los pequeños placeres de la vida y, además, tomar unas píldoras (con sertralina, con fluoxetina o cualquier otra sustancia afín). Y se habrá ido tan feliz, convencido de tener en la mano el pasaporte a la felicidad, mientras desconoce que el severo doctor tiene una amante desde hace cinco años, que pensar en su profesión le provoca náuseas de madrugada y que está atrapado en una vida de pesadilla, con el culo atornillado a su gran silla de cuero granate de nueve a tres y de cinco a nueve y media.

David Foster Wallace debió tomar su medicación con desesperada esperanza las primeras semanas. Los efectos tardan pero, poco a poco, desaparecerían la angustia, el miedo, el desánimo…

Puede que una mañana se despertara con la certeza de haber comprendido bien el mecanismo del medicamento, que por fin lo había vuelto a poner con ánimo y entusiasmo renovados sobre los raíles de aquella vida que había sentido que no era la suya. Ahora sabe que sigue atrapado en ella, pero ya no se encuentra mal, no transita como un poseso por aquellas noches de pesadilla y han desaparecido el desánimo y el abatimiento, sustituidos por un plácido y ligero estupor. Ahora podía entenderlo todo con una serena claridad y podía tomar con mayor tino una decisión con la que había fantaseado tantos años.

El 12 de septiembre de 2008, a la edad de 46 años, David Foster Wallace se ahorcó en su domicilio de Claremont, California, donde lo encontró su esposa Karen Green esa misma noche. Nadie como él podía entender mejor a la persona deprimida.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s